La Universidad de Panamá (UP) hará el lanzamiento del Repositorio Institucional Digital (UP- RID), el cual pone a la luz pública la producción intelectual de la institución el cual será inaugurado el martes 20 de febrero del presente año, en las instalaciones de la Biblioteca Interamericana Simón Bolívar.
Luis Rodríguez, jefe del Departamento de Computo del Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Panamá dijo que el Repositorio es el sitio o base de datos que permitirá la visualización, divulgación y manejo de los artículos de investigación, tesis de maestría y cualquier otro documento que emita la Universidad de Panamá.
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http://www.up.ac.pa/portalup/view_noticias.aspx?id=1904
Dirección web del Repositorio:
http://www.repositorio.up.ac.pa/
lunes, 19 de febrero de 2018
sábado, 17 de febrero de 2018
Las malas conciencias
Pedro Luis Prados S.
Las conciencias culpables son desgraciadas: es un hecho conocido desde los griegos y utilizado en la rica psicología de su teatro; motivo de redención en la catarsis cristiana; tema de análisis en la filosofía clásica alemana y patografía examinada por el psicoanálisis, razón por la cual los humanos trasladan a otros esa culpabilidad que pesa sobre ellos.
“Un hombre es la suma de todos sus actos… es aquello que los actos han hecho de él”, decía André Malraux al buscar en la conciencia los sedimentos de la libertad humana. Nuestros actos son el resultado de una elección libremente escogida y somos responsables de ellos, con ellos construimos eso que llamamos destino. El alcance de un acto, su ponderación valorativa y la culpabilidad o satisfacción derivada de la moralidad del mismo, es un contenido de conciencia íntimo que dice a los demás lo que somos. No hay forma de eludir la responsabilidad y ante ella solo queda la racionalización de la culpa o la gratificación ética. De allí que el “libre albedrío” fuera la gran respuesta que san Agustín ofreció al problema de la culpa por el pecado y la posibilidad de expiación del mismo, dotando al creyente de esa gratificación que brinda la confesión y la eucaristía.
La racionalización de la culpa, introducida como patología por Eduard Jones (1908) en un periodo muy temprano del psicoanálisis empírico y desarrollado y aplicado por J.P. Sartre (1943) en su Psicoanálisis Existencial, es un comportamiento extendido en sociedades donde la educación y la cultura moral son tan deficientes que el sujeto no encuentra su sustancia como individuo ni su autenticidad. La racionalización es un procedimiento con el cual se justifica -de cualquier manera y a cualquier costo- lo actuado, para librarse de la responsabilidad inherente a la culpa. Si en la mentira el sujeto oculta un hecho a sabiendas de que miente, en la racionalización se convence totalmente de su mentira para ocultar lo espurio de la realidad. Así, la mentira adquiere una lógica interna y una secuencia discursiva que el emisor asume como una verdad absoluta. Se engaña a sí mismo para engañar a los demás. Vacío o viciado, actúa impelido por sus pasiones o por la simple figuración y solo la mirada de los demás lo remite a su condición de masa opaca y pusilánime dominada por la mala fe.
A las variantes psicológicas del panameño -encabezadas por el juega vivo- se ha sumado la racionalización en todas las capas de la sociedad, pero más evidente en los responsables de administrar el país. Desde presidentes a representantes de corregimiento, un manto oscuro y maloliente cubre a la administración pública. Las incompetencias y equivocaciones son trasladadas a la incomprensión social, a la oposición, a medios de comunicación, a fallas del sistema o a subalternos. La pérdida de autenticidad es tan dominante que las declaraciones de funcionarios y políticos se convierten en un espectáculo pueril y ridículo.
Con una ligera lectura vemos que el mea culpa del diputado Panky Soto no buscaba la redención, sino justificar su incompetencia y ambición personal, culpando a un organismo abstracto como “el sistema”; el bochornoso evento mediático de hace unos años, del diputado Carlos Afú abanicándose con fajos de billetes, argumentado “no los quería para mí, los quería para mi comunidad, que tiene muchas necesidades” o el más delirante “yo lo hice porque los demás lo hacían…”; las rabietas esquizoides del expresidente culpando de los levantamientos indígenas por la Ley Chorizo a los medios de comunicación, los sindicatos de trabajadores, los comunistas y educadores; las acusaciones y recusaciones de políticos en un juego de mesa de amplia participación en casos de corrupción; al presidente actual, increpando a todos por el intento fallido de instalar en la Corte Suprema a dos damas sin cumplir con los pactos de democratización con la sociedad civil.
Una interminable cadena de justificaciones racionalizadas evidencia esa patología en los partidos políticos, funcionarios públicos, jueces, dirigentes sindicales y la sociedad en general. Como si fuera poca la alienación promovida por la disolución familiar, los bajos niveles culturales, la vulgaridad mediática, una educación deficiente, la enajenación religiosa, deportiva y el clientelismo, los corruptos siguen cometiendo faltas y nadie saca tarjeta roja, mientras el capitán de la nave en naufragio invitó a carnavalear para evitar el pánico. Si como sociedad y como Estado no aplicamos los correctivos, muy pronto la racionalización, al igual que la corrupción, serán las únicas “marcas país” que nos caracterizarán más allá de nuestras fronteras.
La Prensa, 17 de febrero del 2018
Las conciencias culpables son desgraciadas: es un hecho conocido desde los griegos y utilizado en la rica psicología de su teatro; motivo de redención en la catarsis cristiana; tema de análisis en la filosofía clásica alemana y patografía examinada por el psicoanálisis, razón por la cual los humanos trasladan a otros esa culpabilidad que pesa sobre ellos.
“Un hombre es la suma de todos sus actos… es aquello que los actos han hecho de él”, decía André Malraux al buscar en la conciencia los sedimentos de la libertad humana. Nuestros actos son el resultado de una elección libremente escogida y somos responsables de ellos, con ellos construimos eso que llamamos destino. El alcance de un acto, su ponderación valorativa y la culpabilidad o satisfacción derivada de la moralidad del mismo, es un contenido de conciencia íntimo que dice a los demás lo que somos. No hay forma de eludir la responsabilidad y ante ella solo queda la racionalización de la culpa o la gratificación ética. De allí que el “libre albedrío” fuera la gran respuesta que san Agustín ofreció al problema de la culpa por el pecado y la posibilidad de expiación del mismo, dotando al creyente de esa gratificación que brinda la confesión y la eucaristía.
La racionalización de la culpa, introducida como patología por Eduard Jones (1908) en un periodo muy temprano del psicoanálisis empírico y desarrollado y aplicado por J.P. Sartre (1943) en su Psicoanálisis Existencial, es un comportamiento extendido en sociedades donde la educación y la cultura moral son tan deficientes que el sujeto no encuentra su sustancia como individuo ni su autenticidad. La racionalización es un procedimiento con el cual se justifica -de cualquier manera y a cualquier costo- lo actuado, para librarse de la responsabilidad inherente a la culpa. Si en la mentira el sujeto oculta un hecho a sabiendas de que miente, en la racionalización se convence totalmente de su mentira para ocultar lo espurio de la realidad. Así, la mentira adquiere una lógica interna y una secuencia discursiva que el emisor asume como una verdad absoluta. Se engaña a sí mismo para engañar a los demás. Vacío o viciado, actúa impelido por sus pasiones o por la simple figuración y solo la mirada de los demás lo remite a su condición de masa opaca y pusilánime dominada por la mala fe.
A las variantes psicológicas del panameño -encabezadas por el juega vivo- se ha sumado la racionalización en todas las capas de la sociedad, pero más evidente en los responsables de administrar el país. Desde presidentes a representantes de corregimiento, un manto oscuro y maloliente cubre a la administración pública. Las incompetencias y equivocaciones son trasladadas a la incomprensión social, a la oposición, a medios de comunicación, a fallas del sistema o a subalternos. La pérdida de autenticidad es tan dominante que las declaraciones de funcionarios y políticos se convierten en un espectáculo pueril y ridículo.
Con una ligera lectura vemos que el mea culpa del diputado Panky Soto no buscaba la redención, sino justificar su incompetencia y ambición personal, culpando a un organismo abstracto como “el sistema”; el bochornoso evento mediático de hace unos años, del diputado Carlos Afú abanicándose con fajos de billetes, argumentado “no los quería para mí, los quería para mi comunidad, que tiene muchas necesidades” o el más delirante “yo lo hice porque los demás lo hacían…”; las rabietas esquizoides del expresidente culpando de los levantamientos indígenas por la Ley Chorizo a los medios de comunicación, los sindicatos de trabajadores, los comunistas y educadores; las acusaciones y recusaciones de políticos en un juego de mesa de amplia participación en casos de corrupción; al presidente actual, increpando a todos por el intento fallido de instalar en la Corte Suprema a dos damas sin cumplir con los pactos de democratización con la sociedad civil.
Una interminable cadena de justificaciones racionalizadas evidencia esa patología en los partidos políticos, funcionarios públicos, jueces, dirigentes sindicales y la sociedad en general. Como si fuera poca la alienación promovida por la disolución familiar, los bajos niveles culturales, la vulgaridad mediática, una educación deficiente, la enajenación religiosa, deportiva y el clientelismo, los corruptos siguen cometiendo faltas y nadie saca tarjeta roja, mientras el capitán de la nave en naufragio invitó a carnavalear para evitar el pánico. Si como sociedad y como Estado no aplicamos los correctivos, muy pronto la racionalización, al igual que la corrupción, serán las únicas “marcas país” que nos caracterizarán más allá de nuestras fronteras.
La Prensa, 17 de febrero del 2018
jueves, 8 de febrero de 2018
Los derechos humanos como religión secular
Ruling Barragán Yáñez
Yuxtaponer los términos “religión” y “secular” parecería ser un oxímoron, esto es, una expresión contradictoria, como decir “fuego de nieve”, o el clásico “círculo cuadrado”. Sin embargo, desde cierta interpretación, hablar de los derechos humanos como religión secular es perfectamente comprensible, una vez se entiende el contexto actual de nuestros modos de pensar, sentir y actuar en la denominada posmodernidad.
Si comprendemos que por “religión” podríamos referirnos a toda concepción del mundo y el hombre que conlleva pautas de conducta para la convivencia humana y que le dan un sentido global a su existencia, entonces los derechos humanos pudieran entenderse como una religión. Y si además reparamos en el hecho de que los derechos humanos en occidente no apelan o se sustentan en la creencia de ningún ser o ente superior al hombre (a diferencia de la Declaración Islámica de los Derechos Humanos, o Declaración de El Cairo), se entiende perfectamente pues, lo de “religión secular”.
Dicho lo anterior, el problema está en que, una vez se analizan las cosas en detalle –donde se halla al diablo, según el refrán– los derechos humanos no son una idea tan secular como se cree o supone. Hay algo de mito en ella, como en toda buena religión.
Pero que no piense el lector o lectora que los mitos son necesariamente malos. Como se sabe desde hace buen tiempo, gracias a la psicología y la antropología cultural, los mitos pueden ayudarnos a superar dramas y traumas, no solo infantiles, sino también adultos.
Nuestros mitos hoy no son aquellos que narran los Vedas, el Chuang-Tsu, los sutras, el Popol-Vuh, la Tanaj o los evangelios. Actualmente, nuestras preferencias son menos coloridas y fantásticas, siendo –de hecho– literariamente inferiores. Incluso han devenido opacas y aburridas. Reemplazamos a los dioses antiguos por abstracciones modernas.
Nuestras divinidades contemporáneas son la “democracia”, “justicia”, “libertad”, “igualdad”, entre otras, las cuales constituyen nuestro panteón moderno y secular de principios abstractos. Este se resume y articula en ese decálogo laico denominado Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo principal artículo de fe es “la dignidad humana”. Y si alguien duda de que las Naciones Unidas asumió la dignidad humana como un artículo de fe –secular, claro– que vaya al propio texto y verifique.
Con tal decálogo, nuestros antiguos sacerdotes y teólogos son ahora sustituidos por abogados y juristas.
Y si ya conocemos quiénes son nuestros dioses y mediadores, entenderemos también quiénes nuestros demonios secularizados: la desigualdad, pobreza, discriminación, opresión, injusticia, corrupción, violencia de género, etc.
Por supuesto, retornar al mundo mítico-religioso de la antigüedad no es solo imposible, sino que tampoco sería deseable. No podemos canjear nuestras actuales libertades, ciencias y tecnologías por fábulas, barbaries y precariedades de antaño. A todo esto, podríamos preguntarnos, si hay algo de mito en la idea de los derechos humanos, ¿qué tan esperanzador resulta este mito? Tengo mis dudas en lo que se refiere a lo que Walter Benjamin llamaba “las víctimas inocentes de la historia”. Irónica y tristemente, los derechos humanos se enunciaron luego de los más horrendos episodios de la Primera y Segunda Guerra Mundial, pero aquellos derechos no nos sirven para restituir o reparar la vida de todos los que la historia ha masacrado y desecrado a su paso.
Los derechos humanos, a diferencia de otras religiones, no proponen –ni siquiera pueden proponer– rescatar a la humanidad pasada de la nada en que la hemos sumido.
Sus proclamas ven hacia el presente y futuro; solo miran los trágicos cimientos sobre los cuales fueron erigidos para reclamar una justicia que siempre resultará insatisfactoria, pues todo lo humano es limitado e imperfecto.
Son una verdadera religión secular, al igual que el marxismo-leninismo, que solo promete redención y salvación a los que viven aquí y ahora, en dirección al mañana, pero olvidándose del Otro en el ayer, para el cual solo tiene homenajes y recordatorios, pero no verdadera vida.
Concebidos así los derechos humanos –según se suelen interpretar y nos es posible realizarlos–, tendremos la cuestionable reputación de ser la primera civilización en la historia que ignora y abandona toda esperanza en la restitución de la dignidad y la vida de los que ya no están con nosotros.
Si el mito secular de los derechos humanos descuida y reniega de su esencia espiritual, bien podemos dudar de que nos sirva para hacer realidad lo que -en el fondo- exige, promete y espera.
La Prensa, 08 feb 2018
Yuxtaponer los términos “religión” y “secular” parecería ser un oxímoron, esto es, una expresión contradictoria, como decir “fuego de nieve”, o el clásico “círculo cuadrado”. Sin embargo, desde cierta interpretación, hablar de los derechos humanos como religión secular es perfectamente comprensible, una vez se entiende el contexto actual de nuestros modos de pensar, sentir y actuar en la denominada posmodernidad.
Si comprendemos que por “religión” podríamos referirnos a toda concepción del mundo y el hombre que conlleva pautas de conducta para la convivencia humana y que le dan un sentido global a su existencia, entonces los derechos humanos pudieran entenderse como una religión. Y si además reparamos en el hecho de que los derechos humanos en occidente no apelan o se sustentan en la creencia de ningún ser o ente superior al hombre (a diferencia de la Declaración Islámica de los Derechos Humanos, o Declaración de El Cairo), se entiende perfectamente pues, lo de “religión secular”.
Dicho lo anterior, el problema está en que, una vez se analizan las cosas en detalle –donde se halla al diablo, según el refrán– los derechos humanos no son una idea tan secular como se cree o supone. Hay algo de mito en ella, como en toda buena religión.
Pero que no piense el lector o lectora que los mitos son necesariamente malos. Como se sabe desde hace buen tiempo, gracias a la psicología y la antropología cultural, los mitos pueden ayudarnos a superar dramas y traumas, no solo infantiles, sino también adultos.
Nuestros mitos hoy no son aquellos que narran los Vedas, el Chuang-Tsu, los sutras, el Popol-Vuh, la Tanaj o los evangelios. Actualmente, nuestras preferencias son menos coloridas y fantásticas, siendo –de hecho– literariamente inferiores. Incluso han devenido opacas y aburridas. Reemplazamos a los dioses antiguos por abstracciones modernas.
Nuestras divinidades contemporáneas son la “democracia”, “justicia”, “libertad”, “igualdad”, entre otras, las cuales constituyen nuestro panteón moderno y secular de principios abstractos. Este se resume y articula en ese decálogo laico denominado Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo principal artículo de fe es “la dignidad humana”. Y si alguien duda de que las Naciones Unidas asumió la dignidad humana como un artículo de fe –secular, claro– que vaya al propio texto y verifique.
Con tal decálogo, nuestros antiguos sacerdotes y teólogos son ahora sustituidos por abogados y juristas.
Y si ya conocemos quiénes son nuestros dioses y mediadores, entenderemos también quiénes nuestros demonios secularizados: la desigualdad, pobreza, discriminación, opresión, injusticia, corrupción, violencia de género, etc.
Por supuesto, retornar al mundo mítico-religioso de la antigüedad no es solo imposible, sino que tampoco sería deseable. No podemos canjear nuestras actuales libertades, ciencias y tecnologías por fábulas, barbaries y precariedades de antaño. A todo esto, podríamos preguntarnos, si hay algo de mito en la idea de los derechos humanos, ¿qué tan esperanzador resulta este mito? Tengo mis dudas en lo que se refiere a lo que Walter Benjamin llamaba “las víctimas inocentes de la historia”. Irónica y tristemente, los derechos humanos se enunciaron luego de los más horrendos episodios de la Primera y Segunda Guerra Mundial, pero aquellos derechos no nos sirven para restituir o reparar la vida de todos los que la historia ha masacrado y desecrado a su paso.
Los derechos humanos, a diferencia de otras religiones, no proponen –ni siquiera pueden proponer– rescatar a la humanidad pasada de la nada en que la hemos sumido.
Sus proclamas ven hacia el presente y futuro; solo miran los trágicos cimientos sobre los cuales fueron erigidos para reclamar una justicia que siempre resultará insatisfactoria, pues todo lo humano es limitado e imperfecto.
Son una verdadera religión secular, al igual que el marxismo-leninismo, que solo promete redención y salvación a los que viven aquí y ahora, en dirección al mañana, pero olvidándose del Otro en el ayer, para el cual solo tiene homenajes y recordatorios, pero no verdadera vida.
Concebidos así los derechos humanos –según se suelen interpretar y nos es posible realizarlos–, tendremos la cuestionable reputación de ser la primera civilización en la historia que ignora y abandona toda esperanza en la restitución de la dignidad y la vida de los que ya no están con nosotros.
Si el mito secular de los derechos humanos descuida y reniega de su esencia espiritual, bien podemos dudar de que nos sirva para hacer realidad lo que -en el fondo- exige, promete y espera.
La Prensa, 08 feb 2018
viernes, 26 de enero de 2018
Burguesía y adecentamiento político
Miguel A. Candanedo
A raíz de la circulación por las redes sociales de comentarios vertidos por una sobrina de la principal dirigente de Movin, se evidencia la naturaleza y el carácter lumpemburgués del sector de la “yeyesada”, que convocó la concurrida concentración de panameños en la cinta costera el pasado martes 9 de enero, supuestamente en rechazo de la corrupción imperante en la sociedad panameña, especialmente en el sector de la denominada dirigencia política y empresarial.
El lenguaje y expresiones y tono vulgar de la aludida joven retratan el cuerpo entero, la naturaleza deformada y decadente de la conducta de las concepciones y del pensamiento pedestre y chabacano de algunos de los convocantes a la concentración, que le restan credibilidad como voceros del descontento mayoritario de los panameños frente a la descomposición moral de los que equivocadamente son denominados como “la clase política de la sociedad panameña”.
Si agregamos el deprimente acto de gritos, improperios e insultos frente a la residencia del presidente de la República, protagonizado por un grupo de asistentes a la concentración, se evidencia de cuerpo entero la carencia de autoridad moral de la lumpemburguesía convocante para pretender erigirse en los catones, en los censores, en la conciencia crítica y moral de los panameños.
Lamentamos que un crecido número de panameños, inclusive familias enteras de respetables ciudadanos, se dejaran seducir por los llamados de sectores decadentes de la lumpemburguesía, que a falta de un proyecto alternativo de democracia popular no encuentran otra salida que el anteproyecto de la ley sobre la muerte civil. Si los sectores convocantes hubiesen realmente rendido homenaje póstumo a los mártires de enero, habrían convocado igualmente a los dirigentes estudiantiles, obreros, campesinos e indígenas y a las organizaciones profesionales de capas medias, a que todos unitariamente hiciéramos el homenaje cívico a los mártires, una ocasión para replantear la democracia panameña y la erradicación de todas las prácticas corruptas en ejercicio político de gobernar al país.
La Prensa, 26 de enero 2018
A raíz de la circulación por las redes sociales de comentarios vertidos por una sobrina de la principal dirigente de Movin, se evidencia la naturaleza y el carácter lumpemburgués del sector de la “yeyesada”, que convocó la concurrida concentración de panameños en la cinta costera el pasado martes 9 de enero, supuestamente en rechazo de la corrupción imperante en la sociedad panameña, especialmente en el sector de la denominada dirigencia política y empresarial.
El lenguaje y expresiones y tono vulgar de la aludida joven retratan el cuerpo entero, la naturaleza deformada y decadente de la conducta de las concepciones y del pensamiento pedestre y chabacano de algunos de los convocantes a la concentración, que le restan credibilidad como voceros del descontento mayoritario de los panameños frente a la descomposición moral de los que equivocadamente son denominados como “la clase política de la sociedad panameña”.
Si agregamos el deprimente acto de gritos, improperios e insultos frente a la residencia del presidente de la República, protagonizado por un grupo de asistentes a la concentración, se evidencia de cuerpo entero la carencia de autoridad moral de la lumpemburguesía convocante para pretender erigirse en los catones, en los censores, en la conciencia crítica y moral de los panameños.
Lamentamos que un crecido número de panameños, inclusive familias enteras de respetables ciudadanos, se dejaran seducir por los llamados de sectores decadentes de la lumpemburguesía, que a falta de un proyecto alternativo de democracia popular no encuentran otra salida que el anteproyecto de la ley sobre la muerte civil. Si los sectores convocantes hubiesen realmente rendido homenaje póstumo a los mártires de enero, habrían convocado igualmente a los dirigentes estudiantiles, obreros, campesinos e indígenas y a las organizaciones profesionales de capas medias, a que todos unitariamente hiciéramos el homenaje cívico a los mártires, una ocasión para replantear la democracia panameña y la erradicación de todas las prácticas corruptas en ejercicio político de gobernar al país.
La Prensa, 26 de enero 2018
sábado, 6 de enero de 2018
La hora del proyecto nacional
Roberto Arosemena Jaén
Existimos, hace 170 años, bajo el yugo de las relaciones entre Estados Unidos y la actual Colombia. El interés de estos dos Estados es el control de la zona de tránsito. Obtener el máximo beneficio del transporte de gente, productos, dinero y soldados.
Lo terrible de estas relaciones fue que en 1903 una decisión unilateral de Estados Unidos –construir el Canal– fue razón suficiente para iniciar un conflicto bélico entre esas dos naciones y acantonar fuerzas militares en Panamá.
Los grandes se entienden y en 1914 restablecen las relaciones amistosas con el tratado Thompson–Urrutia y deciden mutuamente seguir usufructuando del Canal recién construido. No obstante, las tropas estadounidenses permanecen en Panamá, hasta que se desencadenó el conflicto del 9 de enero de 1964.
Se puede decir que en esta fecha empezó a ejercerse la soberanía popular y Estados Unidos decidió que los panameños administrarían el Canal, pero dentro de los parámetros del tratado de 1914. Este es el sentido del Tratado de Neutralidad permanente del Canal –definido en el Anexo A– y del Tratado de Funcionamiento permanente del Canal de Panamá–o Canal de esclusas–, además de los tratados colaterales de Montería y el Boyd–Liévano de límites marítimos que Panamá se ha visto forzado a pactar con el Gobierno colombiano, sin reciprocidad alguna.
El 9 de enero de 1964 es un hito histórico que altera la inercia de la nación panameña en el tema de la soberanía. De no ejercer soberanía sobre la Zona del Canal de esclusas, se pasó a exigir el retiro inmediato de las fuerzas militares, acantonadas en suelo panameño, como si la soberanía fuese erradicar la presencia física de la gendarmería yanqui.
Con base en esta expresión restringida de soberanía se negoció la abrogación del tratado Bunau–Varilla entre 1964 y 1977. Lo lamentable de estas negociaciones era erradicar la ocupación militar estadounidense para defender a Panamá de Colombia, que ya había perdido su sentido práctico desde 1914.
Los gobernantes panameños ignoraron que el mandato del 9 de enero era desmantelar el imaginario de que Panamá era una graciosa concesión del imperio del norte que había raptado parte del territorio de Nueva Granada o la pequeña Colombia para cedérselo a los istmeños. Positivamente, la voluntad soberana de 1964 era el dominio perpetuo de Panamá como zona de tránsito, sin incluir las prerrogativas de Estados Unidos y Colombia.
A eso apunta el concepto de zona de tránsito como patrimonio inalienable de la nación panameña y el contenido de la neutralización defendido por los panameños, que por lo demás, está en abierta contraposición con el concepto de neutralidad contenido en los tratados canaleros de 1977.
Este aniversario del 9 de enero nos obliga a debatir si la nación panameña puede adquirir las características de un Estado nacional soberano o seguir con la pésima figura de ser un sitio de negocio e inversión a las orillas de un Canal.
Decir que el 31 de diciembre de 1999 es el mejor homenaje que la patria panameña puede entregar a los mártires de la soberanía no solo es una burla a la dignidad de los panameños, sino una falsa concepción historiográfica de lo que hemos sido, somos y seremos como pueblo.
Nuestra lucha soberana no es una lucha de banderas ni de símbolos patrios, sino una esperanza de poder controlar toda nuestra zona de tránsito sin tutelaje extranjero y ponerla al servicio de esta y las futuras generaciones.
La Prensa, 6 de enero 2018
Existimos, hace 170 años, bajo el yugo de las relaciones entre Estados Unidos y la actual Colombia. El interés de estos dos Estados es el control de la zona de tránsito. Obtener el máximo beneficio del transporte de gente, productos, dinero y soldados.
Lo terrible de estas relaciones fue que en 1903 una decisión unilateral de Estados Unidos –construir el Canal– fue razón suficiente para iniciar un conflicto bélico entre esas dos naciones y acantonar fuerzas militares en Panamá.
Los grandes se entienden y en 1914 restablecen las relaciones amistosas con el tratado Thompson–Urrutia y deciden mutuamente seguir usufructuando del Canal recién construido. No obstante, las tropas estadounidenses permanecen en Panamá, hasta que se desencadenó el conflicto del 9 de enero de 1964.
Se puede decir que en esta fecha empezó a ejercerse la soberanía popular y Estados Unidos decidió que los panameños administrarían el Canal, pero dentro de los parámetros del tratado de 1914. Este es el sentido del Tratado de Neutralidad permanente del Canal –definido en el Anexo A– y del Tratado de Funcionamiento permanente del Canal de Panamá–o Canal de esclusas–, además de los tratados colaterales de Montería y el Boyd–Liévano de límites marítimos que Panamá se ha visto forzado a pactar con el Gobierno colombiano, sin reciprocidad alguna.
El 9 de enero de 1964 es un hito histórico que altera la inercia de la nación panameña en el tema de la soberanía. De no ejercer soberanía sobre la Zona del Canal de esclusas, se pasó a exigir el retiro inmediato de las fuerzas militares, acantonadas en suelo panameño, como si la soberanía fuese erradicar la presencia física de la gendarmería yanqui.
Con base en esta expresión restringida de soberanía se negoció la abrogación del tratado Bunau–Varilla entre 1964 y 1977. Lo lamentable de estas negociaciones era erradicar la ocupación militar estadounidense para defender a Panamá de Colombia, que ya había perdido su sentido práctico desde 1914.
Los gobernantes panameños ignoraron que el mandato del 9 de enero era desmantelar el imaginario de que Panamá era una graciosa concesión del imperio del norte que había raptado parte del territorio de Nueva Granada o la pequeña Colombia para cedérselo a los istmeños. Positivamente, la voluntad soberana de 1964 era el dominio perpetuo de Panamá como zona de tránsito, sin incluir las prerrogativas de Estados Unidos y Colombia.
A eso apunta el concepto de zona de tránsito como patrimonio inalienable de la nación panameña y el contenido de la neutralización defendido por los panameños, que por lo demás, está en abierta contraposición con el concepto de neutralidad contenido en los tratados canaleros de 1977.
Este aniversario del 9 de enero nos obliga a debatir si la nación panameña puede adquirir las características de un Estado nacional soberano o seguir con la pésima figura de ser un sitio de negocio e inversión a las orillas de un Canal.
Decir que el 31 de diciembre de 1999 es el mejor homenaje que la patria panameña puede entregar a los mártires de la soberanía no solo es una burla a la dignidad de los panameños, sino una falsa concepción historiográfica de lo que hemos sido, somos y seremos como pueblo.
Nuestra lucha soberana no es una lucha de banderas ni de símbolos patrios, sino una esperanza de poder controlar toda nuestra zona de tránsito sin tutelaje extranjero y ponerla al servicio de esta y las futuras generaciones.
La Prensa, 6 de enero 2018
domingo, 24 de diciembre de 2017
Reflexión y esperanza
Roberto Arosemena Jaén
Sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Es un mandato humano sin efecto jurídico que se fundamenta en la sabiduría de los “jedi” (abuelos), diría Francisco en Roma.
Absténganse de hacer el mal es el mismo mandato, pero en su expresión negativa. A nivel de convicción personal, no se trata de hacer el bien y rechazar el mal, ya que esto parece un asunto connatural. El tema es qué consideramos bueno y malo, para ser atraído por lo bueno y estar incómodo con lo malo.
Esta vivencia analizada, existencialmente, llevó a un filósofo-literato a proclamar que el “humano está condenado a ser libre”. De la lucha por la libertad y la tolerancia de la época moderna, nos precipitamos al sometimiento a la libertad de la posguerra. Actualmente, con la incredulidad en un Dios presente, nuestro infierno es decidir por formas de vida que van condicionando nuestro presente y determinando nuestro futuro. Son esas decisiones de vida y muerte que nos dejan marcados como el hierro candente del propietario. El pasado se presenta irreversible y como tal requiere de purificaciones costosas y de olvidos dramáticos, que va produciendo adicción y parálisis con olor a féretro.
Urge retornar a los orígenes del mandato “deóntico” de someterlo todo a prueba para quedarnos con lo bueno. El mandato es nítido y simple, pero nos arroja de lleno en la aventura de nuestra libertad. ¿Quién nos obliga a someter nuestra libre conducta a prueba? ¿Qué argumento es tan fuerte y concluyente para decidir quedarnos con lo bueno, que por lo demás, no conocemos.
La aventura de la libertad es un asunto tan errático que unos se sienten condenados a ser libres y otros a practicar el libertinaje. La mayoría, por el contrario, ni se siente obstaculizada ni se considera comprometida a detenerse antes de precipitarse al vacío. Sabemos por intuición que los grandes espectáculos continuarán y los ricos, famosos y poderosos se sucederán ininterrumpidamente. El espectáculo es función del espectador que espera y visualiza el desborde de emociones, sentimientos y realizaciones.
El año finaliza con un retorno acelerado hacia las cosas que sucedieron y que nunca hubiésemos querido que sucediesen. Esa misma noche vieja es el inicio del año nuevo. El momento de oscurecerse es el mismo instante del alumbramiento y del amanecer. El que se queda rezagado en el pasado y en lo viejo ni vislumbra lo bueno de lo luminoso y lo inmenso, y anida en lo más íntimo de su ser el pensamiento ruin, el desquite y la venganza del prohibido olvidar.
Lo significativo de este teatro del mundo es la posibilidad que tenemos de cambiarlo para lo mejor o para lo peor, somos autores, no espectadores, de escenarios legítimos donde la justicia enfrenta la perversión y la esperanza enfrenta la frustración. Las cosas humanas y naturales evolucionan y revolucionan al compás de esa capacidad de examinar y probarlo todo para irnos quedando con lo bueno e ir dejando lo menos bueno para todos. Somos herederos y partícipes de los años idos y por venir y hacemos de sus fechas asuntos reiterativos, dignos de ser vividos y asuntos delirantes, que conviene superar.
La Prensa, 24 dic 2017
Sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Es un mandato humano sin efecto jurídico que se fundamenta en la sabiduría de los “jedi” (abuelos), diría Francisco en Roma.
Absténganse de hacer el mal es el mismo mandato, pero en su expresión negativa. A nivel de convicción personal, no se trata de hacer el bien y rechazar el mal, ya que esto parece un asunto connatural. El tema es qué consideramos bueno y malo, para ser atraído por lo bueno y estar incómodo con lo malo.
Esta vivencia analizada, existencialmente, llevó a un filósofo-literato a proclamar que el “humano está condenado a ser libre”. De la lucha por la libertad y la tolerancia de la época moderna, nos precipitamos al sometimiento a la libertad de la posguerra. Actualmente, con la incredulidad en un Dios presente, nuestro infierno es decidir por formas de vida que van condicionando nuestro presente y determinando nuestro futuro. Son esas decisiones de vida y muerte que nos dejan marcados como el hierro candente del propietario. El pasado se presenta irreversible y como tal requiere de purificaciones costosas y de olvidos dramáticos, que va produciendo adicción y parálisis con olor a féretro.
Urge retornar a los orígenes del mandato “deóntico” de someterlo todo a prueba para quedarnos con lo bueno. El mandato es nítido y simple, pero nos arroja de lleno en la aventura de nuestra libertad. ¿Quién nos obliga a someter nuestra libre conducta a prueba? ¿Qué argumento es tan fuerte y concluyente para decidir quedarnos con lo bueno, que por lo demás, no conocemos.
La aventura de la libertad es un asunto tan errático que unos se sienten condenados a ser libres y otros a practicar el libertinaje. La mayoría, por el contrario, ni se siente obstaculizada ni se considera comprometida a detenerse antes de precipitarse al vacío. Sabemos por intuición que los grandes espectáculos continuarán y los ricos, famosos y poderosos se sucederán ininterrumpidamente. El espectáculo es función del espectador que espera y visualiza el desborde de emociones, sentimientos y realizaciones.
El año finaliza con un retorno acelerado hacia las cosas que sucedieron y que nunca hubiésemos querido que sucediesen. Esa misma noche vieja es el inicio del año nuevo. El momento de oscurecerse es el mismo instante del alumbramiento y del amanecer. El que se queda rezagado en el pasado y en lo viejo ni vislumbra lo bueno de lo luminoso y lo inmenso, y anida en lo más íntimo de su ser el pensamiento ruin, el desquite y la venganza del prohibido olvidar.
Lo significativo de este teatro del mundo es la posibilidad que tenemos de cambiarlo para lo mejor o para lo peor, somos autores, no espectadores, de escenarios legítimos donde la justicia enfrenta la perversión y la esperanza enfrenta la frustración. Las cosas humanas y naturales evolucionan y revolucionan al compás de esa capacidad de examinar y probarlo todo para irnos quedando con lo bueno e ir dejando lo menos bueno para todos. Somos herederos y partícipes de los años idos y por venir y hacemos de sus fechas asuntos reiterativos, dignos de ser vividos y asuntos delirantes, que conviene superar.
La Prensa, 24 dic 2017
domingo, 17 de diciembre de 2017
¿Qué significa contribuyente?
Francisco Díaz Montilla
Se trata de una pregunta que –como tantas otras- no hemos debatido en Panamá. En parte, porque reina la idea equivocada de que los tributos es un tema que compete exclusivamente a los especialistas, cuando en realidad se trata de algo que atañe al ciudadano, porque independientemente del estatus social y/o económico de las personas, todos pagamos impuestos, sean directos o indirectos.
La Constitución panameña dice muy poco sobre impuestos. Así, los artículos 52 y 264 introducen los principios de legalidad y de equidad tributaria; sin embargo, arrojan pocas luces sobre la interrogante planteada.
Y la pregunta no deja de ser pertinente si se tiene presente que en materia tributaria se han dado en Panamá dos situaciones que merecen ser mencionadas: las reformas al impuesto de bien inmueble y la discusión de la propuesta de ley que eleva a delito la evasión fiscal. Uno y otro caso plantean la recurrente pregunta sobre la relación contribuyente-fisco (Estado) y pienso que en nuestro medio debemos prestar atención y tomar estos asuntos en serio.
Hace algunos años en Alemania, el filósofo Peter Sloterdijk estuvo en la mira de una polémica tras la publicación de una obra titulada Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana (traducida al español en 2014). En dicha obra Sloterdijk se pregunta si es democrática la naturaleza del sistema fiscal, si son los impuestos obligatorios y anónimos propicios para la participación del ciudadano en las tareas del Estado, entre otras. Aunque dichas preguntas se formulan en el marco de la realidad alemana (posiblemente europea), ¿cómo las responderíamos en el marco de la realidad panameña?
De acuerdo con Sloterdijk, “el sistema tributario actual parte de la idea de que solo un ciudadano confuso favorece la recaudación y que el que intenta comprender dicho sistema supone un estorbo, por no mencionar al que desea participar en él”. Para explicar la resignación ciudadana, aun habiendo espacios de participación, por ejemplo en periodo de elecciones, el filósofo alemán hace una aproximación histórica al problema, examinando los distintos modos de apropiación: el saqueo externo de la tradición bélico-expoliadora, la tradición absolutista, la contra-expropiación semisocialista.
Sloterdijk entiende la fiscalidad contemporánea como una amalgama de los dos últimos modos de apropiación; y aunque aparentemente se contraponen entre sí, en realidad se acercan por la visión que ambas tienen de la fiscalidad: las relaciones se imponen desde arriba y el ciudadano, el contribuyente, es concebido como un deudor.
De acuerdo con Sloterdjik, es hora de que el contribuyente sea reconocido como un dador, o incluso como un patrocinador, y no como un deudor; es hora de que se libere de la sutilmente legitimada mecánica humillante y desmoralizante que está detrás del sistema tributario; pues —como apunta Carla Carmona en el prólogo de la edición castellana—“de otro modo, corremos el riesgo de pasar del absolutismo a la era posdemocrática sin haber conocido un sistema fiscal democrático. No se cuestiona el pago de impuestos. Son el precio a pagar por vivir en relaciones ordenadas. Pero ¿por qué el pago no puede ser civilizado?”.
¿Tendremos los panameños la entereza para exigir no ser tratados como deudores y que nuestras contribuciones se usen racionalmente?
prensa.com 17 dic 2017
Se trata de una pregunta que –como tantas otras- no hemos debatido en Panamá. En parte, porque reina la idea equivocada de que los tributos es un tema que compete exclusivamente a los especialistas, cuando en realidad se trata de algo que atañe al ciudadano, porque independientemente del estatus social y/o económico de las personas, todos pagamos impuestos, sean directos o indirectos.
La Constitución panameña dice muy poco sobre impuestos. Así, los artículos 52 y 264 introducen los principios de legalidad y de equidad tributaria; sin embargo, arrojan pocas luces sobre la interrogante planteada.
Y la pregunta no deja de ser pertinente si se tiene presente que en materia tributaria se han dado en Panamá dos situaciones que merecen ser mencionadas: las reformas al impuesto de bien inmueble y la discusión de la propuesta de ley que eleva a delito la evasión fiscal. Uno y otro caso plantean la recurrente pregunta sobre la relación contribuyente-fisco (Estado) y pienso que en nuestro medio debemos prestar atención y tomar estos asuntos en serio.
Hace algunos años en Alemania, el filósofo Peter Sloterdijk estuvo en la mira de una polémica tras la publicación de una obra titulada Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana (traducida al español en 2014). En dicha obra Sloterdijk se pregunta si es democrática la naturaleza del sistema fiscal, si son los impuestos obligatorios y anónimos propicios para la participación del ciudadano en las tareas del Estado, entre otras. Aunque dichas preguntas se formulan en el marco de la realidad alemana (posiblemente europea), ¿cómo las responderíamos en el marco de la realidad panameña?
De acuerdo con Sloterdijk, “el sistema tributario actual parte de la idea de que solo un ciudadano confuso favorece la recaudación y que el que intenta comprender dicho sistema supone un estorbo, por no mencionar al que desea participar en él”. Para explicar la resignación ciudadana, aun habiendo espacios de participación, por ejemplo en periodo de elecciones, el filósofo alemán hace una aproximación histórica al problema, examinando los distintos modos de apropiación: el saqueo externo de la tradición bélico-expoliadora, la tradición absolutista, la contra-expropiación semisocialista.
Sloterdijk entiende la fiscalidad contemporánea como una amalgama de los dos últimos modos de apropiación; y aunque aparentemente se contraponen entre sí, en realidad se acercan por la visión que ambas tienen de la fiscalidad: las relaciones se imponen desde arriba y el ciudadano, el contribuyente, es concebido como un deudor.
De acuerdo con Sloterdjik, es hora de que el contribuyente sea reconocido como un dador, o incluso como un patrocinador, y no como un deudor; es hora de que se libere de la sutilmente legitimada mecánica humillante y desmoralizante que está detrás del sistema tributario; pues —como apunta Carla Carmona en el prólogo de la edición castellana—“de otro modo, corremos el riesgo de pasar del absolutismo a la era posdemocrática sin haber conocido un sistema fiscal democrático. No se cuestiona el pago de impuestos. Son el precio a pagar por vivir en relaciones ordenadas. Pero ¿por qué el pago no puede ser civilizado?”.
¿Tendremos los panameños la entereza para exigir no ser tratados como deudores y que nuestras contribuciones se usen racionalmente?
prensa.com 17 dic 2017
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