viernes, 17 de marzo de 2017

Una preocupación espiritual del joven Wittgenstein: al sentido de la vida podemos llamarlo Dios

Ruling Barragán

Nota del editor: el siguiente es un artículo que aparece en la Revista Brasileira de Filosofia da Religião. v. 3, n. 2 (2016). A continuación el resumen y al final enlace al texto completo.

Resumen

Entre sus especialistas, es bien conocido que el joven Wittgenstein, especialmente en sus Notebooks, Tractatus y Conferencia sobre ética, tuvo un particular interés en un grupo de temas que podrían ser categorizados como asuntos espirituales. En esos trabajos, Wittgenstein  reflexionó sobre la naturaleza de los valores, la ética, el significado de la palabra ‘Dios’ y el ‘sentido de la vida’, junto a otros enigmáticos pensamientos sobre lo ‘místico’.  En este ensayo, básicamente intento mostrar que la identificación que hace Wittgenstein entre el significado de Dios y el sentido de la vida es intelectualmente sostenible.  También intento demostrar que esta identificación no es solamente intelectualmente sostenible sino moralmente legítima.  Mientras trato de mostrar esto, exploro algunas presuposiciones del pensamiento de Wittgenstein sobre lo místico, la religión y la ética, así como algunas implicaciones que pueden ser inferidas de esos pensamientos.  Esta exploración podría arrojarnos algunas luces sobre la visión general de Wittgenstein sobre lo espiritual, lo cual podría ayudar a sus lectores a comprender por qué identifica a Dios con el sentido de la vida.

Palabras clave: Wittgenstein, Dios, sentido, mística, religión.

Texto completo

jueves, 16 de febrero de 2017

Rendición de cuentas sobre uno mismo

Roberto Arosemena Jaén

Escribir para no olvidar es lo propio de las historias mediocres. La gran historia humana implica las vivencias de personas que no se enfrentaron al dilema de escribir para sobrevivir. Es el caso de Abraham, Sócrates, Jesús, sobre quienes los testigos, descendientes y discípulos han escritos miles y miles de vivencias, enseñanzas y exageraciones, que cada generación humana, críticamente, examina, revisa y vuelve a interpretar.

Recordar es vivir, es lo propio de los espectadores que reinterpretan esas individualidades que han dado qué pensar y sobre las que se debate, incesantemente. El problema es diferenciar a los que han dado motivos para narrar y escribir sobre sus vidas ejemplares o sus vidas heroicas. Vidas heroicas –no interesa si han sido buenas o malas– como la de Alejandro Magno, Julio César, Saladino, Napoleón, Hitler y, posiblemente, Trump.

Las intenciones y la narrativa histórica son pasajeras y circunstanciales. El gran espectáculo histórico del universo humanizado son las vidas vividas que lograron institucionalizarse. Abraham, como el padre de la religiosidad, dejó de ser una vida desaparecida, porque sobre él se configuraron miles de historias, creencias y fidelidades.

Cosas o eventos similares pasaron con Sócrates y Jesús, en estos dos milenios de occidentalización. Sus personalidades se consolidaron como promotoras del juicio racional y epistémico-científico, como del juicio religioso, sometido a la crítica exegética y hermenéutica. En ambos casos no hay espacio ni tiempo para los fundamentalismos.

Las vidas, señaladas como heroicas –la de Donald Trump podría ser una prematura exageración– han sido malas tendencias que solo se pueden combatir cuando afirmamos los principios que sustentaron la vida de Sócrates y Jesús, y que humanizaron las radicalizaciones de los descendientes, según la carne, de Abraham.

La gran paradoja existencial es que el mundo de los principios requiere para sobrevivir de las vidas heroicas. Pragmática y utilitariamente, son los héroes reconocidos, políticamente, los que logran materializar las costumbres, normas e instituciones.

Esta es la famosa inquietud de la descendencia de Abraham. El pueblo escogido y la tierra prometida solo se logrará cuando aparezca un rey monarca, que levante el poder de la espada de Dios para instaurar sus mandatos. Frente a esta situación doctrinaria se levanta Jesús, como el terrible iconoclasta que destruye el mito del Estado imperial, por la creencia de que la universalización de la verdad y justicia solo es posible cuando los individuos, libremente, entiendan que Dios es padre de los buenos y los malos, y que la universalización de todo ser y persona humana se justificará con el apoyo racional de una filosofía como la socrática, evolucionada y criticada hasta nuestros días.

El mundo sigue su marcha. Las vidas particulares exigen un sentido y una intención de expansión y desarrollo. De allí, el imperativo de “rendición de cuentas sobre uno mismo”.

La opción simple –que no es tan simple ni básica– es vivir y seguir viviendo para escribir sobre sus memorias o crear las situaciones para que las generaciones actuales den testimonio de uno o escriban sobre la ejemplaridad de las vidas singulares o de las vidas heroicas.

Escribir sobre estos asuntos es una actividad compleja que se puede lograr haciéndose cargo de la realidad. Realidad que tiene que ser pensada, reflexionada, decidida y, sobre todo, realizada por nuestras acciones y las acciones de nuestros contemporáneos.

http://www.prensa.com/opinion/Rendicion-cuentas-mismo_0_4690780981.html

sábado, 11 de febrero de 2017

Por la armonía interconfesional

Ruling Barragán

Aunque no es bien conocida, hay una resolución de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que es necesario recordar. Se trata de la resolución 65/5, del 20 de octubre de 2010, que estableció la Semana Mundial de la Armonía Interconfesional, durante la primera semana de febrero de cada año. En esta brevísima resolución (apenas una página), la Asamblea General de la ONU recuerda diversos programas y declaraciones previas, que abordan de alguna u otra manera el concepto de “armonía interconfesional”. Entre estas el Programa Mundial para el Diálogo entre Civilizaciones (2009) y la Declaración sobre la Eliminación de Todas las Formas de Intolerancia y Discriminación Basadas en la religión o las creencias (también de 2009).

En la resolución 65/5, la Asamblea General reconoce “la necesidad imperiosa de que las distintas confesiones y religiones dialoguen para que aumente la comprensión mutua, la armonía y la cooperación entre las personas”, al igual que “los imperativos morales de todas las religiones, convicciones y creencias incluyen la paz, la tolerancia y la comprensión mutua”.

Así pues, se “alienta a todos los Estados a que durante esa semana presten apoyo, con carácter voluntario, a la difusión del mensaje de la armonía interconfesional y la buena voluntad de las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, los templos y otros lugares de culto del mundo, sobre la base del amor a Dios y al prójimo o del amor al bien y al prójimo, cada uno según las propias tradiciones o convicciones religiosas”.

Al respecto, es importante hacer notar que la resolución 65/5 tiene una comprensión bastante inclusiva (pero también difusa) del concepto de “religión”, así como de la “libertad de religión”, basándose en documentos precedentes. Por ello, la ONU habla de “creencias”, “convicciones”, “fes”, “confesiones”, “ideologías” o “tradiciones” en un mismo sentido (o al menos, lo intenta).

Así, cuando la ONU trata de la libertad de religión, también se refiere, en pie de igualdad, a la libertad de no tener ninguna religión. Es decir, a concepciones filosóficas como el humanismo, agnosticismo o ateísmo. Por ello, en la cita anterior, precisa mencionar “el amor a Dios y al prójimo”, a la par de “o del amor al bien y al prójimo”, porque –para muchos– amar (respetar y cuidar) al prójimo no requiere creer en Dios. Sin embargo, según la cita, para quienes no creen en Dios, pareciera necesario tener como base no solo amar al prójimo, sino también “al bien”. Es decir, se requeriría de cierta concepción del “bien” para amar al prójimo.

Aquí tal vez cabría preguntar: ¿Cuáles concepciones del bien resultan más útiles para amar mejor al prójimo, las religiosas o no religiosas? No es tarea de una resolución de la ONU resolver problemas filosóficos, aunque forzosamente estas resoluciones plantean tales problemas, al estar impregnadas de ideas filosóficas. Más aún, cuando tratan de “religión” en un sentido tan (intencionalmente) inclusivo.

No obstante, resulta innecesario hilar tan delgado. Tanto el sentido como la intención de la resolución 65/5 son claros (o al menos deben serlo), independientemente de cuáles sean nuestras particulares convicciones “religiosas”. La “armonía interconfesional” exhorta (valga la pena repetir y resumir) “… a la buena voluntad… sobre la base del amor a Dios y al prójimo, o del amor al bien y al prójimo… según las propias tradiciones o convicciones…”. Buena voluntad, amor al prójimo, y bien (o Dios) parecen ser la base última y factor común denominador de esta exhortación universal, tan noble como difícil de realizar. Sin embargo, posible y necesaria; más aún, imposible no desear.

http://www.prensa.com/opinion/armonia-interconfesional_0_4687031367.html

miércoles, 8 de febrero de 2017

Requisitos para ganar una beca en carreras científicas de la Universidad de Panamá

tvn-2.com

A partir de este miércoles 8 de febrero, todo aquel que esté interesado en obtener una beca en las carreras científicas que ofrece la UP, deberá presentar su documentación en las respectivas facultades enfocadas a estas carreras, para que la universidad pueda iniciar las solicitudes al Instituto para la Formación y Aprovechamiento de Recursos Humanos (Ifarhu).

Requisitos:
  • Tener un promedio mínimo de 4.0
  • Presentar su solicitud en la facultad donde aspira a la carrera
  • Serán 20 becas por carreras científicas
  • 10 becas para Filosofía e Historia 
Más información:

http://www.tvn-2.com/nacionales/Requisitos-para-ganar-becas-carreras-cientificas-Universidad-de-Panama_0_4685531495.html

viernes, 27 de enero de 2017

Respuesta a la pregunta: ¿Son justiciables los Derechos Económicos, Sociales y Culturales?


Franz Poveda

El problema iusfilosófico de la Justiciabilidad de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) es objeto epistémico de enconadas discusiones a nivel global.

Nacen con la modernidad y alcanzan su consagración jurídica y política en la sustitución del Estado de Derecho liberal por el Estado de Derecho Social. Se traducen en Derechos de Participación (Teilhaberechte), que requieren una política activa de los poderes públicos para garantizar su ejercicio, y se realizan a través de las técnicas jurídicas de las prestaciones y los servicios públicos.

En la actualidad, adquiere relevancia política, ética y epistemológica, dado que el Sistema Neoliberal dominante ha disparado: el alto costo de la vida, la libre oferta y demanda, la inflación, la pobreza, la marginación, la exclusión, el despido, la persecución política, la desigualdad, la transgresión de los Derechos Fundamentales, la corrupción. 

Preguntas y problemática

El análisis de la cuestión de la Justiciabilidad de los DESC, que plantea el contexto histórico y constitucional-filosófico actual, nos invita a la valoración de dos preguntas clave: 
  • ¿A qué responde el Derecho? A maltratar o proteger 
  • ¿Qué líneas de acción deberían implementarse para lograr la justiciabilidad de los DESC reconocidos por la Constitución Política?
Las preguntas no sugieren respuestas concluyentes. El reto que emerge de ellas tiene que ver con las Tesis siguientes:

Tesis N°1: Que los DESC tienen como ámbito de conocimiento la Jurisdicción contenciosa administrativa y la Justicia Constitucional, donde los jueces, abogados hagan valer los principios y obligaciones constitucionales e internacionales, que el Estado ha suscrito con el fin de proteger y reconocer los derechos en materia salud, vivienda, sindicación, educación, discapacidad, seguridad social, cultura, participación, reparación del medio ambiente. 

Tesis N°2: Los DESC constituyen cuestiones políticas no justiciables. Resistencia del Sistema Judicial a resolver problemáticas de carácter política y de la esencia de lo político. 

Tesis N°3: Insuficiencia de mecanismos juridiccionales adecuados para la justiciabilidad de los DESC.Qué duda cabe, en un Sistema Jurídico que opera con un Sistema de Economía de Mercado, los DESC, aunque sancionados en el ámbito Constitucional, no son justiciables, porque ___ escribe el Filósofo del Derecho L. Ferrajoli ___ «ninguna autoridad judicial puede ordenar a nadie trátese de un sujeto público o de un sujeto privado, que se realicen las DESC». Otros dicen, no hay recursos disponibles; el Legislador tiene que definir prioridades. Por ejemplo, una ley de combate al Sida, pero los medicamentos no están cubiertos por el Sistema Político de Salud.

¿Hay solución (s) o Respuesta al problema epistémico?

Se admite incompatibilidad entre los Códigos de dos subsistemas políticos: el del Derecho y el de la Economía. Se trata de una lectura insoportable, pero descifrable al ser categorías dialécticas desde Platón, Marx yHabermas. Por eso, prevalece la incertidumbre sobre la naturaleza jurídica de los DESC, que se explica por la imposibilidad funcional de prestarlos.

Pero también se admite, que es un problema cuya solución depende de un determinado desarrollo y proceso deI lustración (Aufklärung) de la Comunidad. Kant, dice no vivimos una época ilustrada sino una Época de Ilustración.

Esta exige Justicia Política, es decir, distributiva, social y ecológica. En efecto, escriben _M. Walser_ la sociedad humana es «una comunidad distributiva»; J. Rawls justicia como Fairness; R. Alexy Justicia como corrección (Richtigkeit); O. Höffe, justicia como intercambio (Austausch) y esto, como tal, desafía el Estado de Derecho Constitucional más avanzado y pone en crisis incluso el más perfecto mecanismo de garantía jurídica del actual modelo político de Democracia representativa, _trasfondo éste de, despolitización pragmática del paradigma política deliberativa_ frente al imperio de la ley del mercado mundial.

Algunas propuestas son: La fundación de un observatorio de las políticas sociales Públicas, La globalización de la justicia social y la creación de un Tribunal social Internacional. Desde la Filosofía Práctica, la creación de normas, valores y principios vinculantes para toda la humanidad.

http://upinforma.com/nuevo/info.php?cat=opinion&id=178

sábado, 24 de diciembre de 2016

Conocimiento, realidad y buen vivir

Roberto Arosemena Jaén

El vivir bien es una fantasía o una convicción que hay que realizar. Lo convincente es realizable, lo ilusorio se escapa de la realidad, se desgasta y, finalmente, se desvanece. Lo realizable es el conocimiento del conjunto de los hechos posibles y se presenta como una creencia o conocimiento bien fundamentada. La ilusión, por el contrario, es una creencia sin fundamento e irrealizable y se le descalifica como una superstición.

Es significativo distinguir la superstición, como falsedad, y la creencia, como conocimientos convincentes, que se transmiten de generación en generación. Toda creencia se fundamenta en la tradición, en los aciertos, en las comprobaciones que pasan de comunidad en comunidad o de padres a hijos y nietos.

Hay ingenuos, apresurados, que asimilan, identifican y confunden superstición con creencias. En este sentido, un testimonio tradicional, como que los seguidores de Jesús lo vieron y lo tocaron resucitado, lo califican como superstición porque es un hecho reservado para los creyentes y para nadie más. Pero, no satisfechos con ese término de “creyentes”, se apresuran a descalificarlos, como grupúsculo de fanáticos dispuestos a morir por su fantasía. Fanáticos, aprovechados, mentirosos, farsantes, maliciosos, malignos y malvados. En este contexto o círculo hermenéutico es imposible desarrollar la acción comunicativa y el principio del discurso que promueven los pensadores del estado democrático constitucional de derecho.

El problema no es descalificar los buenos conocimientos. El problema son las consecuencias de la confusión. La consecuencia de la confusa ignorancia conduce a la ley, del ojo por ojo, a principios erróneos de que no hay seguridad si no te has preparado para la guerra; que toda paz construida con el perdón es efímera; que el único mundo positivo es el de los “intercombatientes y no el de los interlocutores. Que renunciar a la violencia es de débiles y cobardes. Que Sócrates, Cristo y Mahatma son los peores ejemplos de una humanidad pusilánime. En este contexto de fundamentalismos, propio del mundo hegemónico actual, sobresale la prepotencia, y que la guerra y el belicismo son la mejor estrategia de volver a ser grande.

De estas vivencias surge la dialéctica de ganar–perder, ganar–ganar y, finalmente, perder–perder. El viejo Thomas Hobbes enfrentó la situación y propuso la solución: el pacto social de sumisión a un poder que se abstiene de matar, para que todos vivan sometidos a la ley. Con esta fórmula superó el estado de guerra permanente del “hombre, lobo del hombre”, hasta que llegó el horror del 11 de septiembre de 2001.

El pacto de sumisión se fracturó a tal nivel que todos proclamaron la “guerra contra el terrorismo” para generar más terror y más actos de indignidad. Es la geopolítica actual de legiones de gobernantes que marchan abrazados –en falanges– en París, a favor de la guerra contra el terrorismo, y ordenan bombardeos con el objetivo de paralizar y doblegar la voluntad de seguir matando. La hostilidad del perder–perder se extiende inexorable. La civilización de la tecnociencia somete a las culturas de la tradición religiosa. El terror por el terror es la respuesta primitiva, ya profetizada en el preámbulo de los derechos humanos.

El mundo iluminado por la razón y la creencia es el mismo mundo oscurecido por la razón y la fe.

http://www.prensa.com/opinion/Conocimiento-realidad-buen-vivir_0_4650284992.html

jueves, 8 de diciembre de 2016

¿Derechos humanos o utopía?

Ruling Barragán Yáñez

En un artículo publicado hace algunos años, el Dr. Miguel Carbonell, investigador jurídico de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos recordaba algo que ya todos conocemos bien, pero nos da mucha vergüenza confesar. “Si tomamos cada uno de los preceptos de la Declaración [Universal de Derechos Humanos] y los confrontamos con los datos que nos arroja la realidad, tendremos frente a nosotros un escenario en el que las grandes promesas se violan de forma masiva, cada día. En el bello preámbulo de la Declaración se afirmaban ideales y valores, como la libertad, la justicia y la paz… la fe compartida en los “derechos fundamentales… en la dignidad y el valor de la persona humana… en la igualdad de hombres y mujeres… la importancia de promover el progreso social y… elevar el nivel de vida… sin embargo, la realidad nos sitúa bien lejos de cada una de ellas”.

Ante la realidad de la mayor parte del orbe, las promesas, ideales, derechos y valores de la Declaración Universal palidecen; incluso podrían verse como una broma cruel, o un caso de ingenuo idealismo. En especial, por quienes han sufrido y sufren crudamente sus vejámenes en cada rincón del planeta.

No obstante, la mayoría de los seres humanos no se resigna a la suerte que les depara tal realidad. En cada uno subyace una “energía utópica” (expresión de Habermas, tomada por Carbonell) que lo impulsa a buscar y construir un mundo mejor. No se trata simplemente de un “deseo de vivir” (Schopenhauer); tampoco, de una “voluntad de poder” (Nietzsche). De hecho, resulta difícil precisar esta compleja, pero significativa noción que atañe a la humanidad de modo fundamental. Al respecto, Hegel hablaba del “deseo de reconocimiento” que tiene cada individuo con relación a los otros. Y un filósofo algo olvidado, Bloch, hace unas décadas concebía “el principio esperanza”. Todas estas nociones, apuntan de una u otra manera, a un mismo propósito, inscrito en el corazón humano.

Sea cual sea el pensador o la expresión que elijamos, en toda persona que no se ha rendido en la lucha por la vida (aun cuando se haya debilitado a través de la misma), subsiste una energía que la impulsa a esperar y realizar “lo que todavía no es, pero debe ser”. Este impulso es la materia de que estamos hechos. No se trata de un sueño o una fantasía. Se trata de algo inherente y necesario a la naturaleza humana. Así pues, donde haya seres humanos con suficiente voluntad y conciencia, se canalizará la energía utópica que nos mueve hacia la búsqueda y construcción de los derechos humanos. Y asimismo, otras utopías a las que apuntan las esperanzas colectivas de la humanidad. Esperanzas que a menudo generan y se manifiestan en los mitos y ritos de las religiones, los proyectos e investigaciones de las ciencias, así como las intuiciones y creaciones de las artes.

Si estas apreciaciones son correctas, entonces las promesas de los derechos humanos no son ninguna broma cruel ni una ingenuidad idealista. Se trata de algo que es propio a la condición humana, en todo tiempo y lugar. Las energías utópicas se podrán agotar en algunos (incluso la mayoría), más nunca se extinguirán en todos. Mientras sea así, la existencia del ser humano no será en vano y estará lejos de ser un absurdo. Aunque la realidad no le dé la razón, la energía utópica, sí. Y solo ella bastará para justificar el ideal de los derechos humanos, entre otros ideales.

http://www.prensa.com/opinion/Derechos-humanos-utopia_0_4638286215.html