sábado, 11 de febrero de 2017

Por la armonía interconfesional

Ruling Barragán

Aunque no es bien conocida, hay una resolución de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que es necesario recordar. Se trata de la resolución 65/5, del 20 de octubre de 2010, que estableció la Semana Mundial de la Armonía Interconfesional, durante la primera semana de febrero de cada año. En esta brevísima resolución (apenas una página), la Asamblea General de la ONU recuerda diversos programas y declaraciones previas, que abordan de alguna u otra manera el concepto de “armonía interconfesional”. Entre estas el Programa Mundial para el Diálogo entre Civilizaciones (2009) y la Declaración sobre la Eliminación de Todas las Formas de Intolerancia y Discriminación Basadas en la religión o las creencias (también de 2009).

En la resolución 65/5, la Asamblea General reconoce “la necesidad imperiosa de que las distintas confesiones y religiones dialoguen para que aumente la comprensión mutua, la armonía y la cooperación entre las personas”, al igual que “los imperativos morales de todas las religiones, convicciones y creencias incluyen la paz, la tolerancia y la comprensión mutua”.

Así pues, se “alienta a todos los Estados a que durante esa semana presten apoyo, con carácter voluntario, a la difusión del mensaje de la armonía interconfesional y la buena voluntad de las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, los templos y otros lugares de culto del mundo, sobre la base del amor a Dios y al prójimo o del amor al bien y al prójimo, cada uno según las propias tradiciones o convicciones religiosas”.

Al respecto, es importante hacer notar que la resolución 65/5 tiene una comprensión bastante inclusiva (pero también difusa) del concepto de “religión”, así como de la “libertad de religión”, basándose en documentos precedentes. Por ello, la ONU habla de “creencias”, “convicciones”, “fes”, “confesiones”, “ideologías” o “tradiciones” en un mismo sentido (o al menos, lo intenta).

Así, cuando la ONU trata de la libertad de religión, también se refiere, en pie de igualdad, a la libertad de no tener ninguna religión. Es decir, a concepciones filosóficas como el humanismo, agnosticismo o ateísmo. Por ello, en la cita anterior, precisa mencionar “el amor a Dios y al prójimo”, a la par de “o del amor al bien y al prójimo”, porque –para muchos– amar (respetar y cuidar) al prójimo no requiere creer en Dios. Sin embargo, según la cita, para quienes no creen en Dios, pareciera necesario tener como base no solo amar al prójimo, sino también “al bien”. Es decir, se requeriría de cierta concepción del “bien” para amar al prójimo.

Aquí tal vez cabría preguntar: ¿Cuáles concepciones del bien resultan más útiles para amar mejor al prójimo, las religiosas o no religiosas? No es tarea de una resolución de la ONU resolver problemas filosóficos, aunque forzosamente estas resoluciones plantean tales problemas, al estar impregnadas de ideas filosóficas. Más aún, cuando tratan de “religión” en un sentido tan (intencionalmente) inclusivo.

No obstante, resulta innecesario hilar tan delgado. Tanto el sentido como la intención de la resolución 65/5 son claros (o al menos deben serlo), independientemente de cuáles sean nuestras particulares convicciones “religiosas”. La “armonía interconfesional” exhorta (valga la pena repetir y resumir) “… a la buena voluntad… sobre la base del amor a Dios y al prójimo, o del amor al bien y al prójimo… según las propias tradiciones o convicciones…”. Buena voluntad, amor al prójimo, y bien (o Dios) parecen ser la base última y factor común denominador de esta exhortación universal, tan noble como difícil de realizar. Sin embargo, posible y necesaria; más aún, imposible no desear.

http://www.prensa.com/opinion/armonia-interconfesional_0_4687031367.html

miércoles, 8 de febrero de 2017

Requisitos para ganar una beca en carreras científicas de la Universidad de Panamá

tvn-2.com

A partir de este miércoles 8 de febrero, todo aquel que esté interesado en obtener una beca en las carreras científicas que ofrece la UP, deberá presentar su documentación en las respectivas facultades enfocadas a estas carreras, para que la universidad pueda iniciar las solicitudes al Instituto para la Formación y Aprovechamiento de Recursos Humanos (Ifarhu).

Requisitos:
  • Tener un promedio mínimo de 4.0
  • Presentar su solicitud en la facultad donde aspira a la carrera
  • Serán 20 becas por carreras científicas
  • 10 becas para Filosofía e Historia 
Más información:

http://www.tvn-2.com/nacionales/Requisitos-para-ganar-becas-carreras-cientificas-Universidad-de-Panama_0_4685531495.html

viernes, 27 de enero de 2017

Respuesta a la pregunta: ¿Son justiciables los Derechos Económicos, Sociales y Culturales?


Franz Poveda

El problema iusfilosófico de la Justiciabilidad de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) es objeto epistémico de enconadas discusiones a nivel global.

Nacen con la modernidad y alcanzan su consagración jurídica y política en la sustitución del Estado de Derecho liberal por el Estado de Derecho Social. Se traducen en Derechos de Participación (Teilhaberechte), que requieren una política activa de los poderes públicos para garantizar su ejercicio, y se realizan a través de las técnicas jurídicas de las prestaciones y los servicios públicos.

En la actualidad, adquiere relevancia política, ética y epistemológica, dado que el Sistema Neoliberal dominante ha disparado: el alto costo de la vida, la libre oferta y demanda, la inflación, la pobreza, la marginación, la exclusión, el despido, la persecución política, la desigualdad, la transgresión de los Derechos Fundamentales, la corrupción. 

Preguntas y problemática

El análisis de la cuestión de la Justiciabilidad de los DESC, que plantea el contexto histórico y constitucional-filosófico actual, nos invita a la valoración de dos preguntas clave: 
  • ¿A qué responde el Derecho? A maltratar o proteger 
  • ¿Qué líneas de acción deberían implementarse para lograr la justiciabilidad de los DESC reconocidos por la Constitución Política?
Las preguntas no sugieren respuestas concluyentes. El reto que emerge de ellas tiene que ver con las Tesis siguientes:

Tesis N°1: Que los DESC tienen como ámbito de conocimiento la Jurisdicción contenciosa administrativa y la Justicia Constitucional, donde los jueces, abogados hagan valer los principios y obligaciones constitucionales e internacionales, que el Estado ha suscrito con el fin de proteger y reconocer los derechos en materia salud, vivienda, sindicación, educación, discapacidad, seguridad social, cultura, participación, reparación del medio ambiente. 

Tesis N°2: Los DESC constituyen cuestiones políticas no justiciables. Resistencia del Sistema Judicial a resolver problemáticas de carácter política y de la esencia de lo político. 

Tesis N°3: Insuficiencia de mecanismos juridiccionales adecuados para la justiciabilidad de los DESC.Qué duda cabe, en un Sistema Jurídico que opera con un Sistema de Economía de Mercado, los DESC, aunque sancionados en el ámbito Constitucional, no son justiciables, porque ___ escribe el Filósofo del Derecho L. Ferrajoli ___ «ninguna autoridad judicial puede ordenar a nadie trátese de un sujeto público o de un sujeto privado, que se realicen las DESC». Otros dicen, no hay recursos disponibles; el Legislador tiene que definir prioridades. Por ejemplo, una ley de combate al Sida, pero los medicamentos no están cubiertos por el Sistema Político de Salud.

¿Hay solución (s) o Respuesta al problema epistémico?

Se admite incompatibilidad entre los Códigos de dos subsistemas políticos: el del Derecho y el de la Economía. Se trata de una lectura insoportable, pero descifrable al ser categorías dialécticas desde Platón, Marx yHabermas. Por eso, prevalece la incertidumbre sobre la naturaleza jurídica de los DESC, que se explica por la imposibilidad funcional de prestarlos.

Pero también se admite, que es un problema cuya solución depende de un determinado desarrollo y proceso deI lustración (Aufklärung) de la Comunidad. Kant, dice no vivimos una época ilustrada sino una Época de Ilustración.

Esta exige Justicia Política, es decir, distributiva, social y ecológica. En efecto, escriben _M. Walser_ la sociedad humana es «una comunidad distributiva»; J. Rawls justicia como Fairness; R. Alexy Justicia como corrección (Richtigkeit); O. Höffe, justicia como intercambio (Austausch) y esto, como tal, desafía el Estado de Derecho Constitucional más avanzado y pone en crisis incluso el más perfecto mecanismo de garantía jurídica del actual modelo político de Democracia representativa, _trasfondo éste de, despolitización pragmática del paradigma política deliberativa_ frente al imperio de la ley del mercado mundial.

Algunas propuestas son: La fundación de un observatorio de las políticas sociales Públicas, La globalización de la justicia social y la creación de un Tribunal social Internacional. Desde la Filosofía Práctica, la creación de normas, valores y principios vinculantes para toda la humanidad.

http://upinforma.com/nuevo/info.php?cat=opinion&id=178

sábado, 24 de diciembre de 2016

Conocimiento, realidad y buen vivir

Roberto Arosemena Jaén

El vivir bien es una fantasía o una convicción que hay que realizar. Lo convincente es realizable, lo ilusorio se escapa de la realidad, se desgasta y, finalmente, se desvanece. Lo realizable es el conocimiento del conjunto de los hechos posibles y se presenta como una creencia o conocimiento bien fundamentada. La ilusión, por el contrario, es una creencia sin fundamento e irrealizable y se le descalifica como una superstición.

Es significativo distinguir la superstición, como falsedad, y la creencia, como conocimientos convincentes, que se transmiten de generación en generación. Toda creencia se fundamenta en la tradición, en los aciertos, en las comprobaciones que pasan de comunidad en comunidad o de padres a hijos y nietos.

Hay ingenuos, apresurados, que asimilan, identifican y confunden superstición con creencias. En este sentido, un testimonio tradicional, como que los seguidores de Jesús lo vieron y lo tocaron resucitado, lo califican como superstición porque es un hecho reservado para los creyentes y para nadie más. Pero, no satisfechos con ese término de “creyentes”, se apresuran a descalificarlos, como grupúsculo de fanáticos dispuestos a morir por su fantasía. Fanáticos, aprovechados, mentirosos, farsantes, maliciosos, malignos y malvados. En este contexto o círculo hermenéutico es imposible desarrollar la acción comunicativa y el principio del discurso que promueven los pensadores del estado democrático constitucional de derecho.

El problema no es descalificar los buenos conocimientos. El problema son las consecuencias de la confusión. La consecuencia de la confusa ignorancia conduce a la ley, del ojo por ojo, a principios erróneos de que no hay seguridad si no te has preparado para la guerra; que toda paz construida con el perdón es efímera; que el único mundo positivo es el de los “intercombatientes y no el de los interlocutores. Que renunciar a la violencia es de débiles y cobardes. Que Sócrates, Cristo y Mahatma son los peores ejemplos de una humanidad pusilánime. En este contexto de fundamentalismos, propio del mundo hegemónico actual, sobresale la prepotencia, y que la guerra y el belicismo son la mejor estrategia de volver a ser grande.

De estas vivencias surge la dialéctica de ganar–perder, ganar–ganar y, finalmente, perder–perder. El viejo Thomas Hobbes enfrentó la situación y propuso la solución: el pacto social de sumisión a un poder que se abstiene de matar, para que todos vivan sometidos a la ley. Con esta fórmula superó el estado de guerra permanente del “hombre, lobo del hombre”, hasta que llegó el horror del 11 de septiembre de 2001.

El pacto de sumisión se fracturó a tal nivel que todos proclamaron la “guerra contra el terrorismo” para generar más terror y más actos de indignidad. Es la geopolítica actual de legiones de gobernantes que marchan abrazados –en falanges– en París, a favor de la guerra contra el terrorismo, y ordenan bombardeos con el objetivo de paralizar y doblegar la voluntad de seguir matando. La hostilidad del perder–perder se extiende inexorable. La civilización de la tecnociencia somete a las culturas de la tradición religiosa. El terror por el terror es la respuesta primitiva, ya profetizada en el preámbulo de los derechos humanos.

El mundo iluminado por la razón y la creencia es el mismo mundo oscurecido por la razón y la fe.

http://www.prensa.com/opinion/Conocimiento-realidad-buen-vivir_0_4650284992.html

jueves, 8 de diciembre de 2016

¿Derechos humanos o utopía?

Ruling Barragán Yáñez

En un artículo publicado hace algunos años, el Dr. Miguel Carbonell, investigador jurídico de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos recordaba algo que ya todos conocemos bien, pero nos da mucha vergüenza confesar. “Si tomamos cada uno de los preceptos de la Declaración [Universal de Derechos Humanos] y los confrontamos con los datos que nos arroja la realidad, tendremos frente a nosotros un escenario en el que las grandes promesas se violan de forma masiva, cada día. En el bello preámbulo de la Declaración se afirmaban ideales y valores, como la libertad, la justicia y la paz… la fe compartida en los “derechos fundamentales… en la dignidad y el valor de la persona humana… en la igualdad de hombres y mujeres… la importancia de promover el progreso social y… elevar el nivel de vida… sin embargo, la realidad nos sitúa bien lejos de cada una de ellas”.

Ante la realidad de la mayor parte del orbe, las promesas, ideales, derechos y valores de la Declaración Universal palidecen; incluso podrían verse como una broma cruel, o un caso de ingenuo idealismo. En especial, por quienes han sufrido y sufren crudamente sus vejámenes en cada rincón del planeta.

No obstante, la mayoría de los seres humanos no se resigna a la suerte que les depara tal realidad. En cada uno subyace una “energía utópica” (expresión de Habermas, tomada por Carbonell) que lo impulsa a buscar y construir un mundo mejor. No se trata simplemente de un “deseo de vivir” (Schopenhauer); tampoco, de una “voluntad de poder” (Nietzsche). De hecho, resulta difícil precisar esta compleja, pero significativa noción que atañe a la humanidad de modo fundamental. Al respecto, Hegel hablaba del “deseo de reconocimiento” que tiene cada individuo con relación a los otros. Y un filósofo algo olvidado, Bloch, hace unas décadas concebía “el principio esperanza”. Todas estas nociones, apuntan de una u otra manera, a un mismo propósito, inscrito en el corazón humano.

Sea cual sea el pensador o la expresión que elijamos, en toda persona que no se ha rendido en la lucha por la vida (aun cuando se haya debilitado a través de la misma), subsiste una energía que la impulsa a esperar y realizar “lo que todavía no es, pero debe ser”. Este impulso es la materia de que estamos hechos. No se trata de un sueño o una fantasía. Se trata de algo inherente y necesario a la naturaleza humana. Así pues, donde haya seres humanos con suficiente voluntad y conciencia, se canalizará la energía utópica que nos mueve hacia la búsqueda y construcción de los derechos humanos. Y asimismo, otras utopías a las que apuntan las esperanzas colectivas de la humanidad. Esperanzas que a menudo generan y se manifiestan en los mitos y ritos de las religiones, los proyectos e investigaciones de las ciencias, así como las intuiciones y creaciones de las artes.

Si estas apreciaciones son correctas, entonces las promesas de los derechos humanos no son ninguna broma cruel ni una ingenuidad idealista. Se trata de algo que es propio a la condición humana, en todo tiempo y lugar. Las energías utópicas se podrán agotar en algunos (incluso la mayoría), más nunca se extinguirán en todos. Mientras sea así, la existencia del ser humano no será en vano y estará lejos de ser un absurdo. Aunque la realidad no le dé la razón, la energía utópica, sí. Y solo ella bastará para justificar el ideal de los derechos humanos, entre otros ideales.

http://www.prensa.com/opinion/Derechos-humanos-utopia_0_4638286215.html

martes, 29 de noviembre de 2016

El amanecer de los cristales

Roberto Arosemena Jaén

El “depravado y malvado Trump”, descalificado por Barack Obama: “no puede ser presidente de los Estados Unidos”. No obstante, el 9 de noviembre, al amanecer, se había transfigurado en Presidente constitucional, gracias al sistema electoral de la “democracia estadounidense”.

Bastó una noche angustiosa de conteo y revisiones para ir realizando la metamorfosis. El malo se hizo bueno, el depravado se hará virtuoso, así lo afirmaron –el día después- los portaestandarte de los acusadores de Trump. La sorpresa no es la posibilidad de que unas elecciones haga sabio al imprudente, ni veraz al mentiroso; la sorpresa fue, por el contrario, que el
veraz y creíble de Obama se nos presentase como un farsante. El mero hecho de ocupar el cargo de Presidente de los Estados Unidos, lo obligó a esconderse debajo de un velo de ignorancia sobre todas las ejecutorias de Donald Trump, así lo creyó, ingenuamente, el señor Obama.

El 50% de los más de cien millones de votantes que votaron por Hillary, Presidente, votaron contra Trump. Ahora, sólo los oportunistas, aceptan las debilidades de Hillary y Obama de gritar “Trump es Nuestro Presidente”. Mientras, millones indignados, los desprecian cada vez que gritan: “Trump no es mi presidente”. La resignación de Hillary, pocos la entienden, de mantenerse en su urna de cristal, sin percibir, que su claudicación ante Trump, la sepulta a un pronto olvido y ponen en peligro la continuidad del partido demócrata que se ha transformado en un aparato de ambiciones presidenciables y ha dejado de ser un movimiento de decencia y honestidad democrática. Ojala que el dicho de Trump sobre la “corrupción del sistema partidista” sea, realmente, una mentira.

Entiendo, no obstante,  que Obama no pueda declararse rebelde al Presidente institucional electo, pero no acepto que se niegue a encabezar la oposición anti Trump. Es lo menos que se puede esperar. Si no se atreve a ir más allá de una leal oposición, por lo menos que no se transforme en un “consejero bien pagado” del hombre que no puede manejar la seguridad atómica del planeta.

El riesgo Trump presidente es doble. De una parte su temperamento impetuoso y su carácter voluntarioso. Con esa personalidad ha logrado triunfar en acumular riquezas y ahora, inicia el camino de utilizar el imperio planetario de Estados Unidos. De otra parte, la crisis que padece el poder estadounidense ante el desarrollo devastador de la globalización de la inversión, producción, distribución y consumo no es una pequeña crisis, sino una grave crisis que puede hacer colapsar el sistema económico, pero, al mismo tiempo, puede catapultar a Trump a un poder irracional incontenible.

Esta crisis que crece y se desborda día a día no ha sido ni siquiera entendida por el Grupo de los 8, de los 22, ni por los omnipotentes del FMI, de las trasnacionales y los incógnitos de Davos. En contraste, con esta ineficacia sostenida y subrayada, surge el tozudo e irracional Donald Trump que cree y sostiene que él si puede volver hacer grande el sueño y la fantasía americana. Para eso cuenta con la soberanía imperial del país y la sociedad que el concibe la más grande, la más potente y la única con derechos a ser el destino manifiesto.

Ni Trump es Hitler, ni los Estados Unidos del siglo XXI, es la Alemania de los años treinta. Sin embargo, la maldad tiene múltiples senderos. Por ejemplo, una fue la noche de los cristales rotos (Kristallnacht) del 9 de noviembre de 1938. Los días siguientes, la prepotencia del líder nazi congeló el liderazgo mundial y colocó al mundo a la defensiva. Dos años necesitó el mundo para iniciar el contra ataque y esto gracias a figuras emblemáticas como Churchill, De Gaulle y el anciano de Franklin D. Roosevelt. ¿Qué sucederá cuando Trump diga que terroristas están matando patriotas estadounidense y exija el juramento de que nadie residente en Estados Unidos de América puede desconocer a su Presidente?

Nuestra calidad de vida y nuestra dignidad es tan trascendente que no se puede admitir que sea alterada por la pusilanimidad de los poderosos que coquetean con el poder imperial.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Repensar o recordar el sentido de las cosas

Ruling Barragán

Luego de Otto y los tristes episodios acontecidos por él en Panamá–en especial, el de aquel niño que murió aplastado por un árbol–, reparaba en que, a pesar de los grandes avances científicos y tecnológicos de nuestros tiempos, los problemas fundamentales del ser humano nunca serán resueltos por aquellos avances. El bien, el mal, la libertad, la justicia, el amor, la felicidad, el sufrimiento y la muerte. En fin, todas las cosas que tienen que ver esencialmente con el sentido de la vida.

La ciencia y la tecnología solo nos ofrecen temporales paliativos para lidiar con males particulares, pero –en definitiva– no buscan ni pueden brindar un “sentido último de todas las cosas”. Y este sentido –cuya búsqueda y encuentro era antaño labor de las religiones y las filosofías– hoy día es cada vez más ignoto, incomprensible e irrealizable.

En este contexto, muchos individuos ejercen una “decisión existencial”. Esto es, debido a que resulta imposible concebir en qué pueda consistir el “sentido último de todas las cosas” (incluso determinar si esta expresión tiene algún significado) deciden por sí mismos cuál es o debe ser ese sentido con base en la voluntad individual. En palabras sencillas y concretas: cada uno decide el sentido (o sinsentido) último de todo.

Otros, no deciden por su propia voluntad en qué puede consistir este sentido, sino que les es dado, recibido en una experiencia de carácter extraordinario. De esta no quedan dudas, sino una indubitable certeza. Así, este sentido es provisto por una certidumbre absoluta, producto de la sola fuerza de una portentosa experiencia. Aquí, la voluntad no decide por sí misma, sino que se ajusta irresistiblemente a lo que le ha acontecido de manera excepcional. Otra vez, de modo sencillo y concreto: para algunos el sentido de la existencia es producto de una experiencia extraordinaria.

Por otro lado, la mayoría de la humanidad cree –aunque se desconozca a ciencia cierta– que sí hay un sentido, pero que solo se accede a él a través de la fe.

En cualquier caso, ningún individuo puede eludir lo siguiente: aquello que se cree (o no), decide o experimenta se entreteje siempre en una interpretación. Como hace buen tiempo nos dicen algunos pensadores: no hay hechos “puros”, sino interpretaciones. Esto, empero, no significa que todas ellas son igualmente válidas. Las hay más (o menos) razonables que otras.

Así pues, la mera interpretación no es suficiente ni antojadiza. Se requerirán razones, que podrán o no convencer a los demás, sean pocos o muchos, pero nunca a todos.

Vuelvo a pensar en las tragedias del huracán. La ciencia y la tecnología podrán en un futuro prevenir más daños y evitar más muertes, pero hay males y sufrimientos que nunca podrán ser reparados por ningún esfuerzo o institución humana. Para la gran mayoría, los males irreparables son asuntos de la fe y la esperanza que les brindan sus religiones. Para otros –muy pocos– son temas de unas cuantas y raras filosofías, que aún se preocupan del sentido último de las cosas. Filosofías hoy día venidas a menos, pues sus reflexiones y conclusiones no complacen a científicos y tecnólogos (tampoco a políticos, juristas ni empresarios). No obstante, filosofías cuyas razones son indispensables a ciertas personas, porque aquel sentido –que parece no existir en los males y sufrimientos humanamente irreparables– aún les parece digno de ser pensado y recordado, no ignorado ni olvidado.

https://www.prensa.com/opinion/Repensar-recordar-sentido-cosas_0_4628537247.html