Roberto Arosemena Jaén
Desde que el dinero anuló el trueque, se empezó a pensar en serio sobre su significado. Personajes influyentes de la primera revolución exitosa de occidente, la norteamericana, pienso en Benjamín Franklin y Barack Obama (1776–2010), le atribuían un papel instrumental, pero sumamente peligroso.
Una especie de demonio que transformaba a los hombres en ambiciosos, pervertidos y prepotentes. Cuando Bush se retiraba por el patio trasero, en el salón principal de la Casa Blanca, se oyeron gritos contra el becerro del dinero. Hoy, Europa exige que los bancos paguen por el costo de asegurar el valor del dinero e, ingenuamente, el Presidente estadounidense vigila la reducción de los ingresos millonarios de los grandes ejecutivos y ha perdido la noción de bosque por la percepción de árbol.
El cristianismo ya había hecho el gran esfuerzo entre Carlo Magno y Napoleón (800 a 1808) de prohibir legalmente el precio del dinero (cobro de intereses por préstamo). Aristóteles afirmaba que el dinero no tenía valor. Valor tienen los bienes que satisfacen necesidades básicas del animal humano.
Marx caracterizaba el sistema del dinero mercancía como la esencia del capitalismo decadente, y Benedicto XVI califica como pecado capital el enriquecimiento excesivo y contribuir al aumento de la brecha entre hambrientos inseguros (pobres) y gente satisfecha y asegurada (ricos con dificultad para meterse en el ojo de la eternidad).
“Poderoso señor es Don Dinero” cantaban los poetas hispánicos e, incluso, los académicos más prestigiosos del mundo de la ética y el derecho actual claman por la necesidad de domesticar ese poder de cambio que enriquece y empobrece.
Organismos internacionales y gobiernos diseñan e inventan convenios para reducir y evitar el “blanqueo de capitales”. Con dificultad se puede distinguir el dinero sucio y el dinero limpio. Dinero es dinero, respaldado por los poderes fácticos de la política y el consumo.
En Panamá también llueve y no escampa. El dinero nos está enredando y sorprendiendo. La reciente recompra de los corredores ha hecho reflotar la duda y el “aventurerismo” financiero del gobierno. Todavía no hemos pagado los peajes, y ya el mercado de bonos corporativos de ICA los está vendiendo a 150 millones devaluados. Ni el dinero fresco de la CSS asegura la viabilidad de esa empresa –ficticia hasta el momento– que será ENA (Empresa Nacional de Autopistas), promovida por el Ministro de Finanzas. Pienso, repentinamente, en la posible empresa que compre la autopista de Panamá-Colón, la cinta costera y toda la red vial y de carreteras de la República.
Pienso en la recompra del tercer juego de exclusas y la colocación en la bolsa de los bonos corporativos del Canal, que cubrirán los peajes por los próximos 30 años (quién me puede garantizar que no será una medida de este gobierno de financistas y banqueros).
El gobierno del cambio está a punto de entregar el transporte metropolitano (Metro Bus) a una empresa que, sin lugar a duda, conocerá toda la letra menuda de ICA y Pycsa; Unión Fenosa y Cable & Wireless; Slim y Oldebrecht. Toda inversión futura multimillonaria –el negocio de la basura lo es a nivel municipal, el metro a nivel nacional– debe ser aprobada en referéndum con el 50% de la participación electoral. No se pueden repetir los plebiscitos del Canal sin partidos y sin democracia, o con menor número que el 50% de los votantes.
Es hora de frenar la impulsividad financiera que se inició irresponsablemente con las privatizaciones y concesiones del gobierno de Ernesto Pérez Balladares, y se recrudeció con la sesión de derechos de los ingresos de los peajes del Canal con el “plebiscitado” Cuarto Juego de Esclusas que realizó el segundo gobierno PRD, con apoyo abierto de Cambio Democrático.
No se puede continuar poniendo en manos de ningún gobierno la riqueza soberana del Estado panameño. Las expectativas de cambio para mejorar, como el decreciente optimismo sobre la gestión financiera del actual gobierno, son apuestas mediáticas que solo interesan a los manipuladores del populismo de una sociedad empobrecida.
Ni PRD ni CD. Apostamos a un Panamá disciplinado y consciente de la crisis financiera que ocupa y preocupa a los mejores cerebros y gobiernos del planeta.
http://impresa.prensa.com/opinion/Dinero-terror_0_2811468983.html
miércoles, 7 de abril de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
Lógica en la toma de decisiones judiciales
Francisco Díaz Montilla
El título del presente trabajo nos remite directamente a las siguientes preguntas: ¿qué es la lógica?, ¿qué es una decisión?, ¿qué es una decisión judicial?, ¿de qué manera la lógica podría ayudarnos en la toma de decisiones? Abordaremos, en primer lugar, cada una de estas preguntas; luego abordaremos la compleja actividad de la toma de decisiones en el ámbito legal y exploraremos algunas consecuencias deontológicas que la toma de decisiones judiciales entraña para el tomador de decisiones (jueces, magistrados, fiscales, etc.)...
http://doxa-filosofica.blogspot.com/2010/03/logica-en-la-toma-de-decisiones.html
El título del presente trabajo nos remite directamente a las siguientes preguntas: ¿qué es la lógica?, ¿qué es una decisión?, ¿qué es una decisión judicial?, ¿de qué manera la lógica podría ayudarnos en la toma de decisiones? Abordaremos, en primer lugar, cada una de estas preguntas; luego abordaremos la compleja actividad de la toma de decisiones en el ámbito legal y exploraremos algunas consecuencias deontológicas que la toma de decisiones judiciales entraña para el tomador de decisiones (jueces, magistrados, fiscales, etc.)...
http://doxa-filosofica.blogspot.com/2010/03/logica-en-la-toma-de-decisiones.html
miércoles, 10 de febrero de 2010
La barba en remojo
Pedro Luis Prados S.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el clérigo Martin Neimoller (1892–1984) fue liberado del campo de Dachau y por la firmeza en sus creencias durante los ocho años de cautiverio es proclamado presidente del Concilio Mundial de Iglesias Protestantes en la Semana Santa de 1946.
En su discurso pronunció unas palabras muy breves –equivocadamente atribuidas después al dramaturgo Bertolt Bretch– que lo eternizaron en la mente de los hombres libres: “Primero los nazis vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada”.
El silencio siempre ha sido el principal instrumento utilizado para someter a los pueblos. Esa bella actitud en la poética amorosa se convierte en torturante herramienta cuando se impone en la vida política.
No denunciar aquello que consideramos injusto o bien callarlo porque no nos conviene o favorece a aquellos por los que no sentimos simpatía, equivale a hacerse cómplice de la injusticia y lo que es peor, a la violación de la ley, ese caro principio de convivencia por el cual han luchado todas las sociedades civilizadas.
Luego de los pasados comicios electorales, los panameños nos sumimos en un letargo mediático en espera de los cambios anunciados y expectantes por una transición que auguraba más rupturas que continuidad en los proyectos estatales.
En los primeros tres meses se le dio al Ejecutivo todas las facilidades para que diera rumbos a la administración pública con nuevos criterios gubernamentales, pero lamentablemente los primeros cien días que estremecieron el país no lograron lo esperado, pues la bilis del resentimiento se esparció sobre los empleados públicos, los políticos salientes y sobre los proyectos ejecutados o pendientes. Como la Inquisición, el afán de quemar pecadores estaba por encima de la misión de predicar la palabra. El pueblo panameño, como buen rebaño, aguardó paciente.
Pasados ocho meses, el panorama es más atemorizante. Una cadena de acontecimientos ha puesto a prueba la solidez de nuestras instituciones y la firmeza de sus funcionarios y sumido al país en un permanente estado de zozobra. No se trata solo de equívocos por inexperiencia, muchos son actos impositivos con claro conocimiento de la norma y a contrapelo de ella. Todo parece orientarse a establecer controles sobre los otros órganos del Estado haciendo uso de mecanismos de presión o de desestabilización de las fuerzas actuantes, pero también de mantener un estado de sitio sobre los adversarios políticos con procesos reales o incoados sobre expedientes inconclusos.
Desde la comedia que significó la escogencia de los magistrados de la Corte Suprema, en donde se hizo escarnio de la sociedad civil, hasta el kafkiano drama de la separación de la procuradora y el nombramiento del suplente, hemos seguido un guión concebido para que nuestro sistema de justicia responda directamente al teclado del Palacio de las Garzas, en el cual la confusión y la distorsión de los preceptos constitucionales ha sido el recurso de la trama, con la consecuente pérdida de credibilidad y crisis de idoneidad. El resto de la sociedad, distante y silenciosa, ha presenciado los eventos con la configuración mental de quien dijera “la Corte Suprema solo le importa a los ricos”.
El afloramiento de las atávicas prácticas de desviación de fondos, comisiones y prebendas del Legislativo y el sesgo que se le diera al manejo del informe del FIS y la difusión de los actos de corrupción, nos hace pensar en una cuidadosa selección de “chivos expiatorios” con la cual se dará paso a la designación de suplentes comprometidos de forma efectiva con los lineamientos ejecutivos.
Defenestración selectiva que sin duda será expedita por la efectividad demostrada de la Corte Suprema en el caso de la procuradora, pero que también coloca una espada de Damocles sobre el resto del organismo. Con recursos así, no es necesario el incendio del Reichstag.
Sumado a lo anterior, sufrimos el despliegue policivo para protegernos de la delincuencia en los cuales los retenes, requisas y vigilancia reforzados con recursos tecnológicos en cada esquina nos hacen sentir atrapados en un mundo robotizado, como personajes de la novela de H.G. Wells. Mientras ponemos nuestra barba en remojo seguimos escuchando la matraca inquisitorial que precede las grandes quemas. Si un mérito tiene el gobierno electo en los pasados comicios, es el haber resucitado la Cruzada Civilista después de veinte años de inacción tras el derrocamiento de la dictadura de Manuel Antonio Noriega.
http://impresa.prensa.com/opinion/barba-remojo_0_2769473164.html
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el clérigo Martin Neimoller (1892–1984) fue liberado del campo de Dachau y por la firmeza en sus creencias durante los ocho años de cautiverio es proclamado presidente del Concilio Mundial de Iglesias Protestantes en la Semana Santa de 1946.
En su discurso pronunció unas palabras muy breves –equivocadamente atribuidas después al dramaturgo Bertolt Bretch– que lo eternizaron en la mente de los hombres libres: “Primero los nazis vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada”.
El silencio siempre ha sido el principal instrumento utilizado para someter a los pueblos. Esa bella actitud en la poética amorosa se convierte en torturante herramienta cuando se impone en la vida política.
No denunciar aquello que consideramos injusto o bien callarlo porque no nos conviene o favorece a aquellos por los que no sentimos simpatía, equivale a hacerse cómplice de la injusticia y lo que es peor, a la violación de la ley, ese caro principio de convivencia por el cual han luchado todas las sociedades civilizadas.
Luego de los pasados comicios electorales, los panameños nos sumimos en un letargo mediático en espera de los cambios anunciados y expectantes por una transición que auguraba más rupturas que continuidad en los proyectos estatales.
En los primeros tres meses se le dio al Ejecutivo todas las facilidades para que diera rumbos a la administración pública con nuevos criterios gubernamentales, pero lamentablemente los primeros cien días que estremecieron el país no lograron lo esperado, pues la bilis del resentimiento se esparció sobre los empleados públicos, los políticos salientes y sobre los proyectos ejecutados o pendientes. Como la Inquisición, el afán de quemar pecadores estaba por encima de la misión de predicar la palabra. El pueblo panameño, como buen rebaño, aguardó paciente.
Pasados ocho meses, el panorama es más atemorizante. Una cadena de acontecimientos ha puesto a prueba la solidez de nuestras instituciones y la firmeza de sus funcionarios y sumido al país en un permanente estado de zozobra. No se trata solo de equívocos por inexperiencia, muchos son actos impositivos con claro conocimiento de la norma y a contrapelo de ella. Todo parece orientarse a establecer controles sobre los otros órganos del Estado haciendo uso de mecanismos de presión o de desestabilización de las fuerzas actuantes, pero también de mantener un estado de sitio sobre los adversarios políticos con procesos reales o incoados sobre expedientes inconclusos.
Desde la comedia que significó la escogencia de los magistrados de la Corte Suprema, en donde se hizo escarnio de la sociedad civil, hasta el kafkiano drama de la separación de la procuradora y el nombramiento del suplente, hemos seguido un guión concebido para que nuestro sistema de justicia responda directamente al teclado del Palacio de las Garzas, en el cual la confusión y la distorsión de los preceptos constitucionales ha sido el recurso de la trama, con la consecuente pérdida de credibilidad y crisis de idoneidad. El resto de la sociedad, distante y silenciosa, ha presenciado los eventos con la configuración mental de quien dijera “la Corte Suprema solo le importa a los ricos”.
El afloramiento de las atávicas prácticas de desviación de fondos, comisiones y prebendas del Legislativo y el sesgo que se le diera al manejo del informe del FIS y la difusión de los actos de corrupción, nos hace pensar en una cuidadosa selección de “chivos expiatorios” con la cual se dará paso a la designación de suplentes comprometidos de forma efectiva con los lineamientos ejecutivos.
Defenestración selectiva que sin duda será expedita por la efectividad demostrada de la Corte Suprema en el caso de la procuradora, pero que también coloca una espada de Damocles sobre el resto del organismo. Con recursos así, no es necesario el incendio del Reichstag.
Sumado a lo anterior, sufrimos el despliegue policivo para protegernos de la delincuencia en los cuales los retenes, requisas y vigilancia reforzados con recursos tecnológicos en cada esquina nos hacen sentir atrapados en un mundo robotizado, como personajes de la novela de H.G. Wells. Mientras ponemos nuestra barba en remojo seguimos escuchando la matraca inquisitorial que precede las grandes quemas. Si un mérito tiene el gobierno electo en los pasados comicios, es el haber resucitado la Cruzada Civilista después de veinte años de inacción tras el derrocamiento de la dictadura de Manuel Antonio Noriega.
http://impresa.prensa.com/opinion/barba-remojo_0_2769473164.html
miércoles, 27 de enero de 2010
En la nave de los locos
Pedro Luis Prados S.
Hyeronimus Bosch, mejor conocido como El Bosco (1450-1516), pintó a principios del siglo XVI una de las obras más representativas del renacimiento en la que se pone de manifiesto la naturaleza humana. Sátira cruel, “La nave de los locos” es la simbología de la marginalidad de los enajenados mentales en una época en que los avances médicos eran nulos y la superstición y el fanatismo religioso dominaban el conocimiento.
Dicha nave nunca existió ni recorrió el Rin y sus afluentes sin detenerse, como lo demuestra Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica, pero lo cierto es que los orates eran víctimas de masivas expulsiones en las ciudades de la Edad Media y deambulaban en los campos formando hordas con leprosos, venéreos y supuestas brujas.
Mucho ha cambiado el tratamiento de la locura y el perfil que figuras como Kreapelin, Bleuler, Freud, Jung, Jaspers y Bateson, entre muchas otras, han dado al estudio y tratamiento de la esquizofrenia es alentador.
Los dementes ahora son objeto de cuidados especiales en que los encerramientos, ataduras y baños de agua fría son cosas pasadas e incluso social, religiosa y penalmente se les exime de responsabilidad por actos que afecten las normativas sociales o legales.
La experiencia clínica y ética en el tratamiento de los pacientes mentales ha logrado niveles insospechados de calidad y que, sin duda, deben ser perfeccionadas. La demencia implica un alto grado de pérdida de realidad y la inmersión en un mundo de fantasías que generan actos irreflexivos, en que los impulsos y la fragmentación de la conciencia son dominantes, de allí que la libertad y la responsabilidad no son categorías para evaluar su comportamiento. El cuidado, protección y sobre todo la exclusión de tareas con excesivas responsabilidades son medidas para proteger a los demás y a ellos mismos de la irracionalidad de sus actos.
Cuando en la pasada campaña electoral observamos que uno de los lemas del actual grupo dominante era “Los locos somos más”, me pareció original y pensé en entusiastas seguidores de Cervantes o de Erasmo de Rótterdam que esgrimían la locura como una forma metafórica de criticar el sistema. Imaginé Quijotes, Hamlets, Werthers, tratando de mantener a flote la nave del Estado, pero en verdad no creí en ningún momento que el libreto se llevara a escena.
Error de apreciación porque la historia del siglo XX está llena de estos casos de locura colectiva en que las masas al son de un jingle, una jaculatoria, una imagen o un mito étnico-racial se desbordan en frenéticas persecuciones contra sus semejantes. Pasé por alto que napoleones indianos, histriónicos fürhers y pequeños duces deambulan insomnes por estas latitudes.
Atónitos contemplamos seis meses de megalomanía, oligofrenia, delirios paranoides, caprichos hebefrenicos, racionalizaciones, mitomanías y alguna catatonia que no transmite ni recibe, extenderse en oficinas públicas sembrando el desconcierto y la inseguridad.
Para satisfacer delirios de grandeza vimos la infantil vehemencia por villas navideñas para el récord Guiness, gigantescas piscinas de arena y el sueño de una babilónica torre en tierras de relleno. Alguna obsesión de santidad, como las purificaciones de Savonarola, tuvo como escenario el asalto delirante a impíos lugares —aunque faltó una buena quema de libros—, seguida por la demolición con pico y retroexcavadoras de muelles y estructuras sin echarle un ojo a los contratos: una dosis de valium y algunas demandas calmaron los ánimos.
Vemos a diario funcionarios culpar a los adversarios, subordinados o contratistas de acciones irresponsables con racionalizaciones próximas al delirio y luego, con lógica aberrante, inculparse ellos mismos; otros en manifiesta colusión, que también es pérdida de realidad, esconden informes y documentos para protegerse ellos o sus socios. Acto seguido, con irrefrenable fobia, se ha procedido a expulsar supuestos fariseos de las instituciones públicas sin contar años de servicio, capacidad, carrera administrativa o cuadro social.
Como en este país de zambos, negros, indios y ñopos no se puede argumentar la pureza de raza se tomó como referente la pertenencia al partido de oposición para ser relevado o de vacaciones y después “ver qué se hace”. Esta obsesión se extendió con las investigaciones de funcionarios de la pasada –no de la antepasada- administración, provocando histeria en todo el sistema judicial y extenderla luego al legislativo con la “coronación digital” de dos magistrados, salpicados por el capricho de un avión nuevo, las contrataciones a voluntad y el mito de la inagotable arca del Estado
El nuevo año nos ha traído, para calmar delirios persecutorios, retenes y cámaras en las principales vías de la ciudad con el pretexto de frenar la violencia, mientras los delincuentes tiran balas en toda la periferia. Y para abreviar, entre planos y fantasmagóricas licitaciones se moderniza el transporte con metrobús, metromito y nuevas rutas en el “lego” de sus creadores; mientras chatarras, canarios, piratas y usuarios se despanzurran en las paradas y carreteras para poder ganar el pan de cada día.
Por el momento han tomado la iniciativa de usar por fuerza camisas del mismo modelo, de manera que todo será más fácil si la cosa se agrava. Mientras, y como siempre hay excepciones, pedimos al ala cuerda del gobierno que sirva de contrapeso y frene al ala demente del mismo, no sea que terminemos todos en la Nave de los Locos bogando a la deriva en las contaminadas aguas de la bahía.
http://impresa.prensa.com/opinion/nave-locos_0_2758974242.html
Hyeronimus Bosch, mejor conocido como El Bosco (1450-1516), pintó a principios del siglo XVI una de las obras más representativas del renacimiento en la que se pone de manifiesto la naturaleza humana. Sátira cruel, “La nave de los locos” es la simbología de la marginalidad de los enajenados mentales en una época en que los avances médicos eran nulos y la superstición y el fanatismo religioso dominaban el conocimiento.
Dicha nave nunca existió ni recorrió el Rin y sus afluentes sin detenerse, como lo demuestra Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica, pero lo cierto es que los orates eran víctimas de masivas expulsiones en las ciudades de la Edad Media y deambulaban en los campos formando hordas con leprosos, venéreos y supuestas brujas.
Mucho ha cambiado el tratamiento de la locura y el perfil que figuras como Kreapelin, Bleuler, Freud, Jung, Jaspers y Bateson, entre muchas otras, han dado al estudio y tratamiento de la esquizofrenia es alentador.
Los dementes ahora son objeto de cuidados especiales en que los encerramientos, ataduras y baños de agua fría son cosas pasadas e incluso social, religiosa y penalmente se les exime de responsabilidad por actos que afecten las normativas sociales o legales.
La experiencia clínica y ética en el tratamiento de los pacientes mentales ha logrado niveles insospechados de calidad y que, sin duda, deben ser perfeccionadas. La demencia implica un alto grado de pérdida de realidad y la inmersión en un mundo de fantasías que generan actos irreflexivos, en que los impulsos y la fragmentación de la conciencia son dominantes, de allí que la libertad y la responsabilidad no son categorías para evaluar su comportamiento. El cuidado, protección y sobre todo la exclusión de tareas con excesivas responsabilidades son medidas para proteger a los demás y a ellos mismos de la irracionalidad de sus actos.
Cuando en la pasada campaña electoral observamos que uno de los lemas del actual grupo dominante era “Los locos somos más”, me pareció original y pensé en entusiastas seguidores de Cervantes o de Erasmo de Rótterdam que esgrimían la locura como una forma metafórica de criticar el sistema. Imaginé Quijotes, Hamlets, Werthers, tratando de mantener a flote la nave del Estado, pero en verdad no creí en ningún momento que el libreto se llevara a escena.
Error de apreciación porque la historia del siglo XX está llena de estos casos de locura colectiva en que las masas al son de un jingle, una jaculatoria, una imagen o un mito étnico-racial se desbordan en frenéticas persecuciones contra sus semejantes. Pasé por alto que napoleones indianos, histriónicos fürhers y pequeños duces deambulan insomnes por estas latitudes.
Atónitos contemplamos seis meses de megalomanía, oligofrenia, delirios paranoides, caprichos hebefrenicos, racionalizaciones, mitomanías y alguna catatonia que no transmite ni recibe, extenderse en oficinas públicas sembrando el desconcierto y la inseguridad.
Para satisfacer delirios de grandeza vimos la infantil vehemencia por villas navideñas para el récord Guiness, gigantescas piscinas de arena y el sueño de una babilónica torre en tierras de relleno. Alguna obsesión de santidad, como las purificaciones de Savonarola, tuvo como escenario el asalto delirante a impíos lugares —aunque faltó una buena quema de libros—, seguida por la demolición con pico y retroexcavadoras de muelles y estructuras sin echarle un ojo a los contratos: una dosis de valium y algunas demandas calmaron los ánimos.
Vemos a diario funcionarios culpar a los adversarios, subordinados o contratistas de acciones irresponsables con racionalizaciones próximas al delirio y luego, con lógica aberrante, inculparse ellos mismos; otros en manifiesta colusión, que también es pérdida de realidad, esconden informes y documentos para protegerse ellos o sus socios. Acto seguido, con irrefrenable fobia, se ha procedido a expulsar supuestos fariseos de las instituciones públicas sin contar años de servicio, capacidad, carrera administrativa o cuadro social.
Como en este país de zambos, negros, indios y ñopos no se puede argumentar la pureza de raza se tomó como referente la pertenencia al partido de oposición para ser relevado o de vacaciones y después “ver qué se hace”. Esta obsesión se extendió con las investigaciones de funcionarios de la pasada –no de la antepasada- administración, provocando histeria en todo el sistema judicial y extenderla luego al legislativo con la “coronación digital” de dos magistrados, salpicados por el capricho de un avión nuevo, las contrataciones a voluntad y el mito de la inagotable arca del Estado
El nuevo año nos ha traído, para calmar delirios persecutorios, retenes y cámaras en las principales vías de la ciudad con el pretexto de frenar la violencia, mientras los delincuentes tiran balas en toda la periferia. Y para abreviar, entre planos y fantasmagóricas licitaciones se moderniza el transporte con metrobús, metromito y nuevas rutas en el “lego” de sus creadores; mientras chatarras, canarios, piratas y usuarios se despanzurran en las paradas y carreteras para poder ganar el pan de cada día.
Por el momento han tomado la iniciativa de usar por fuerza camisas del mismo modelo, de manera que todo será más fácil si la cosa se agrava. Mientras, y como siempre hay excepciones, pedimos al ala cuerda del gobierno que sirva de contrapeso y frene al ala demente del mismo, no sea que terminemos todos en la Nave de los Locos bogando a la deriva en las contaminadas aguas de la bahía.
http://impresa.prensa.com/opinion/nave-locos_0_2758974242.html
viernes, 25 de diciembre de 2009
El guayacán tiene quien le escriba
Ela Urriola
En nuestro país, donde los actos públicos están revestidos de teatralidad, aunque la mayoría son histriónicos, es extraño que este género artístico no prospere.
Las actuaciones políticas, sociales, familiares y aun las íntimas se presentan de forma pomposa y a todo color. De manera cotidiana los dramas de dolor y muerte de nuestros semejantes se convierten en festín para los medios, que se nutren del dolor ajeno y les permite impulsar irresponsables campañas que se calcan unas a las otras.
En el año 1981, el desprendimiento de vigas de un inmueble del Casco Viejo causó la muerte de un niño que jugaba en el patio de las ruinas. De inmediato los medios desataron una campaña sobre la inestabilidad de esas construcciones coloniales y la necesidad de demolerlas por seguridad.
El alcalde de entonces, Dr. Roberto Velásquez, y el mayor Pedro Ayala, oficial de la Guardia Nacional, se aprestaron al lugar con una inmensa grúa de demolición y una caravana de camiones dispuestos a arrasar lo que el tiempo no había podido.
A golpes de la inmensa bola se destruyó un edificio del siglo XVII contiguo a la Embajada de Francia, las ruinas del Hospital San Juan de Dios, edificación religiosa del mismo periodo, y se dirigían a tumbar el edificio de la Logia Masónica cuando funcionarios de Patrimonio Histórico y de la Comisión Nacional de Arqueología y Monumentos intervinieron ante el presidente Aristides Royo, quien frenó la acción. Todo fue filmado y transmitido, paso a paso, para solaz de las cámaras de televisión.
La caída de un árbol que segó la vida de un joven profesional, hecho lamentable que conmueve a todos los panameños, es motivo para reflexionar sobre nuestra seguridad en las calles, ya sea como consecuencia de los fenómenos naturales o por la crisis que vive la sociedad en general. Pero, sobre todo, para que las medidas que se tomen no sean una respuesta visceral para aplacar la presión o satisfacer el índice de sintonía de los medios de comunicación, sino opciones racionales, consecuencia de criterios científicos y claridad de objetivos.
Al igual que el incidente anterior, la solución ha sido destruir para que las escenas complazcan la voracidad de las cámaras y no estudiar las causas y hallar soluciones que protejan los pocos bienes arqueológicos o ecológicos que posee esta devastada ciudad.
Una trágica muerte causada por la caída de un árbol o el desprendimiento de un soporte colonial son hechos en extremo raros, tal vez por eso llaman más la atención morbosa que los cientos de asesinatos cometidos por los “diablos rojos”, pero a los usuarios no se les ha ocurrido ir a las piqueras a incendiar estas chatarras, como ocurrió en Perú hace una década. Hay más muertes causadas por violencia familiar, derrames, úlceras, cirrosis o cáncer a consecuencia del seco y ninguna autoridad de ayer o de hoy se ha pronunciado en contra de este veneno con patente de licor.
La incidencia del cigarrillo en el cáncer pulmonar no ha sido motivo para ordenar el cierre de las tabacaleras, y los cotidianos ajusticiamientos no han llevado ni a la promulgación de la pena capital ni a justificar los escuadrones de la muerte. Y sencillamente no lo hacemos porque frente a estos hechos anteponemos la razón de la ley para evitar los apasionamientos que provocan el estupor o el miedo.
Lamentablemente, los árboles, animales, monumentos históricos y ecosistemas no hablan y no pueden defenderse. Por eso es fácil arrasar una selva tropical para horadar una mina, demoler impunemente edificios simbólicos por el ego castrense, contaminar un río para evacuar desperdicios, cazar especies en extinción por el placer de matar o talar decenas de árboles para entretener la opinión.
Pan y circo, aquí todo es posible, porque voltear el rostro es más fácil que aprender. ¿Por qué los directivos de la Anam no aprenden de la Autoridad del Canal que tiene una dirección especializada para el control y mantenimiento de áreas verdes y que se ha mantenido como una prioridad? ¿O por qué el alcalde capitalino no abandona su ridícula actuación en episodios y se pone a trabajar para el puesto que fue, lamentablemente, elegido? ¿Dónde está la Subgerencia de Ornato y Medio Ambiente de la Alcaldía, que “tiene como responsabilidad dirigir el plan de desarrollo y mantenimiento de los espacios abiertos del distrito de Panamá”…?
El silencio y el mirar a otro lado son actitudes de largo aprendizaje que permiten a los estudios de impacto ambiental devastar al país en nombre del desarrollo global. Con dolor hemos visto derribar esos señoriales ciudadanos de plazas, calles, patios y avenidas; hemos contemplado la ordalía del hacha y la motosierra ensañarse sobre los troncos centenarios de esos amigos de siempre y por eso tengo que escribir, para que los panameños sepan que el guayacán, el panamá, los corutúes, los caobos, cedros y espavés tienen quien les escriba. Mientras tanto, miles de panameños se preguntan indignados: ¿hasta cuándo el circo?
http://impresa.prensa.com/opinion/guayacan-escriba_0_2734226625.html
En nuestro país, donde los actos públicos están revestidos de teatralidad, aunque la mayoría son histriónicos, es extraño que este género artístico no prospere.
Las actuaciones políticas, sociales, familiares y aun las íntimas se presentan de forma pomposa y a todo color. De manera cotidiana los dramas de dolor y muerte de nuestros semejantes se convierten en festín para los medios, que se nutren del dolor ajeno y les permite impulsar irresponsables campañas que se calcan unas a las otras.
En el año 1981, el desprendimiento de vigas de un inmueble del Casco Viejo causó la muerte de un niño que jugaba en el patio de las ruinas. De inmediato los medios desataron una campaña sobre la inestabilidad de esas construcciones coloniales y la necesidad de demolerlas por seguridad.
El alcalde de entonces, Dr. Roberto Velásquez, y el mayor Pedro Ayala, oficial de la Guardia Nacional, se aprestaron al lugar con una inmensa grúa de demolición y una caravana de camiones dispuestos a arrasar lo que el tiempo no había podido.
A golpes de la inmensa bola se destruyó un edificio del siglo XVII contiguo a la Embajada de Francia, las ruinas del Hospital San Juan de Dios, edificación religiosa del mismo periodo, y se dirigían a tumbar el edificio de la Logia Masónica cuando funcionarios de Patrimonio Histórico y de la Comisión Nacional de Arqueología y Monumentos intervinieron ante el presidente Aristides Royo, quien frenó la acción. Todo fue filmado y transmitido, paso a paso, para solaz de las cámaras de televisión.
La caída de un árbol que segó la vida de un joven profesional, hecho lamentable que conmueve a todos los panameños, es motivo para reflexionar sobre nuestra seguridad en las calles, ya sea como consecuencia de los fenómenos naturales o por la crisis que vive la sociedad en general. Pero, sobre todo, para que las medidas que se tomen no sean una respuesta visceral para aplacar la presión o satisfacer el índice de sintonía de los medios de comunicación, sino opciones racionales, consecuencia de criterios científicos y claridad de objetivos.
Al igual que el incidente anterior, la solución ha sido destruir para que las escenas complazcan la voracidad de las cámaras y no estudiar las causas y hallar soluciones que protejan los pocos bienes arqueológicos o ecológicos que posee esta devastada ciudad.
Una trágica muerte causada por la caída de un árbol o el desprendimiento de un soporte colonial son hechos en extremo raros, tal vez por eso llaman más la atención morbosa que los cientos de asesinatos cometidos por los “diablos rojos”, pero a los usuarios no se les ha ocurrido ir a las piqueras a incendiar estas chatarras, como ocurrió en Perú hace una década. Hay más muertes causadas por violencia familiar, derrames, úlceras, cirrosis o cáncer a consecuencia del seco y ninguna autoridad de ayer o de hoy se ha pronunciado en contra de este veneno con patente de licor.
La incidencia del cigarrillo en el cáncer pulmonar no ha sido motivo para ordenar el cierre de las tabacaleras, y los cotidianos ajusticiamientos no han llevado ni a la promulgación de la pena capital ni a justificar los escuadrones de la muerte. Y sencillamente no lo hacemos porque frente a estos hechos anteponemos la razón de la ley para evitar los apasionamientos que provocan el estupor o el miedo.
Lamentablemente, los árboles, animales, monumentos históricos y ecosistemas no hablan y no pueden defenderse. Por eso es fácil arrasar una selva tropical para horadar una mina, demoler impunemente edificios simbólicos por el ego castrense, contaminar un río para evacuar desperdicios, cazar especies en extinción por el placer de matar o talar decenas de árboles para entretener la opinión.
Pan y circo, aquí todo es posible, porque voltear el rostro es más fácil que aprender. ¿Por qué los directivos de la Anam no aprenden de la Autoridad del Canal que tiene una dirección especializada para el control y mantenimiento de áreas verdes y que se ha mantenido como una prioridad? ¿O por qué el alcalde capitalino no abandona su ridícula actuación en episodios y se pone a trabajar para el puesto que fue, lamentablemente, elegido? ¿Dónde está la Subgerencia de Ornato y Medio Ambiente de la Alcaldía, que “tiene como responsabilidad dirigir el plan de desarrollo y mantenimiento de los espacios abiertos del distrito de Panamá”…?
El silencio y el mirar a otro lado son actitudes de largo aprendizaje que permiten a los estudios de impacto ambiental devastar al país en nombre del desarrollo global. Con dolor hemos visto derribar esos señoriales ciudadanos de plazas, calles, patios y avenidas; hemos contemplado la ordalía del hacha y la motosierra ensañarse sobre los troncos centenarios de esos amigos de siempre y por eso tengo que escribir, para que los panameños sepan que el guayacán, el panamá, los corutúes, los caobos, cedros y espavés tienen quien les escriba. Mientras tanto, miles de panameños se preguntan indignados: ¿hasta cuándo el circo?
http://impresa.prensa.com/opinion/guayacan-escriba_0_2734226625.html
sábado, 19 de diciembre de 2009
El ABC del Puente Centenario
Pedro Luis Prados S.
La inauguración del Puente Centenario fue motivo de orgullo para los panameños. Premiado entre las 10 mejores obras de ese tipo a nivel mundial en ese año, anunciaba nuestro ingreso al primer mundo y sus vías de acceso descubrían a propios y extraños la riqueza de nuestro paisaje en la cuenca canalera.
Pasado un lustro vemos que nuestro entusiasmo y orgullo eran transitorios, pues rápidamente se le impuso a la preciada ruta el ABC que refleja todo espacio habitado del país: anuncios, basura y caliche.
La carencia de programas estatales y municipales encaminados a la protección de sitios públicos, en especial de aquellos ecosistemas de los cuales depende el equilibrio urbano, convierte las iniciativas de unas gestiones en botín de las que le suceden.
Así, el propósito de la anterior administración municipal, de mantener libre de vallas publicitarias la citada vía, ha sido totalmente ignorado por la actual, al permitir la saturación con monstruosas atalayas publicitarias.
Vallas, caliche y basura –en el fondo son los mismos contaminantes– comparten los espacios ante la impotencia de miles de panameños que por allí transitan.
No hay vereda, servidumbre o explanada que no sea utilizada para arrojar el caliche sobrante del crecimiento urbano. Irresponsablemente los contratistas, constructores y empresas de demolición vierten sus desperdicios en carreteras y vías sin que autoridad alguna se tome la tarea de hacer cumplir la ley; mientras camiones de algunas empresas y recolectores aprovechan cualquier camino vecinal para arrojar su basura y evitar el pago en el vertedero de Cerro Patacón.
Así las cosas, la iniciativa para paliar las angustias de nuestro diario vivir se reducen a una quincena de fantasías navideñas que entre villas y villancicos nos hagan olvidar la miseria cotidiana.
Como extensión de la penuria, todas las carreteras que conectan las ciudades principales o el interior del país han sido invadidas por el ABC –ya no incluimos la letra Ch porque la chatarra tiene mercado –, a tal punto que viajar es recorrer un túnel de vallas descomunales que interactúan coquetas con cúmulos de basura y caliche en natural paridad de condiciones.
Embrutecidos por lo cotidiano no nos percatamos de la curiosidad mórbida conque cientos de turistas recogen en sus cámaras nuestro laberinto de iniquidad. Extasiados con la aldea global ignoramos los resabios de la aldea tribal.En otros países, España es caso meritorio, las vallas publicitarias han sido reducidas a cero.
El agreste paisaje ibérico, que en mucho tiene que envidiar la exuberancia del nuestro, deja correr la mirada en espacios ilimitados; con muy poco que mostrar quiere mostrarlo todo, en contraste con la perversión de la lógica a que estamos acostumbrados. Enajenados por la panorámica de lo aberrante ya ni siquiera nos damos cuenta de los mensajes, pues la saturación sólo deja percibir masas cromáticas, algún fragmento de texto e imágenes en precario juego compositivo. Allí donde la creatividad ya no crea y la estética ha sido exiliada, sólo queda el tamaño, la imposición y el terrorismo visual. A todo esto nos preguntamos ¿cómo los anunciantes no se percatan de su mala inversión?
El volumen de los basureros, de los túmulos de caliche y de las vallas publicitarias hace del otrora plácido viaje al interior una experiencia intimidante, pues sólo a un par de metros del borde de las carreteras, gigantes de hojalata y desperdicio forman amenazantes murallas.
La violencia, señala Jürgen Habermas, no sólo se expresa por el uso de la fuerza, en su forma más sutil se ejerce por medios persuasivos para dominar las conciencias, con la intimidación latente en cada símbolo y la amenaza subliminal veladamente impuesta; la reacción ante ella suele ser terrible y avasalladora.
Si en verdad existe la voluntad de cambiar aquellas cosas que aquejan a los panameños, es el momento que el Ministerio de Obras Públicas, ante la incompetencia de los municipios, asuma la responsabilidad y el control de los bienes que jurisdiccionalmente le corresponden y haga el debido usufructo de sus utilidades.
Es imperativo promover una ley que otorgue a esta institución el control de los permisos publicitarios en servidumbres y pasos peatonales; que regule su tamaño, cantidad, altura y ubicación; que se establezca tarifas por pie o metro cuadrado y se proceda a liberar el paisaje que es lo único gratuito que tenemos los panameños como patrimonio de la naturaleza.
Que esos impuestos sean el capital para mantener carreteras, caminos, veredas y servidumbres libres de desperdicios; en fin, para que la D signifique realmente democracia y no ditirambo navideño.
http://impresa.prensa.com/opinion/ABC-Puente-Centenario_0_2729727086.html
La inauguración del Puente Centenario fue motivo de orgullo para los panameños. Premiado entre las 10 mejores obras de ese tipo a nivel mundial en ese año, anunciaba nuestro ingreso al primer mundo y sus vías de acceso descubrían a propios y extraños la riqueza de nuestro paisaje en la cuenca canalera.
Pasado un lustro vemos que nuestro entusiasmo y orgullo eran transitorios, pues rápidamente se le impuso a la preciada ruta el ABC que refleja todo espacio habitado del país: anuncios, basura y caliche.
La carencia de programas estatales y municipales encaminados a la protección de sitios públicos, en especial de aquellos ecosistemas de los cuales depende el equilibrio urbano, convierte las iniciativas de unas gestiones en botín de las que le suceden.
Así, el propósito de la anterior administración municipal, de mantener libre de vallas publicitarias la citada vía, ha sido totalmente ignorado por la actual, al permitir la saturación con monstruosas atalayas publicitarias.
Vallas, caliche y basura –en el fondo son los mismos contaminantes– comparten los espacios ante la impotencia de miles de panameños que por allí transitan.
No hay vereda, servidumbre o explanada que no sea utilizada para arrojar el caliche sobrante del crecimiento urbano. Irresponsablemente los contratistas, constructores y empresas de demolición vierten sus desperdicios en carreteras y vías sin que autoridad alguna se tome la tarea de hacer cumplir la ley; mientras camiones de algunas empresas y recolectores aprovechan cualquier camino vecinal para arrojar su basura y evitar el pago en el vertedero de Cerro Patacón.
Así las cosas, la iniciativa para paliar las angustias de nuestro diario vivir se reducen a una quincena de fantasías navideñas que entre villas y villancicos nos hagan olvidar la miseria cotidiana.
Como extensión de la penuria, todas las carreteras que conectan las ciudades principales o el interior del país han sido invadidas por el ABC –ya no incluimos la letra Ch porque la chatarra tiene mercado –, a tal punto que viajar es recorrer un túnel de vallas descomunales que interactúan coquetas con cúmulos de basura y caliche en natural paridad de condiciones.
Embrutecidos por lo cotidiano no nos percatamos de la curiosidad mórbida conque cientos de turistas recogen en sus cámaras nuestro laberinto de iniquidad. Extasiados con la aldea global ignoramos los resabios de la aldea tribal.En otros países, España es caso meritorio, las vallas publicitarias han sido reducidas a cero.
El agreste paisaje ibérico, que en mucho tiene que envidiar la exuberancia del nuestro, deja correr la mirada en espacios ilimitados; con muy poco que mostrar quiere mostrarlo todo, en contraste con la perversión de la lógica a que estamos acostumbrados. Enajenados por la panorámica de lo aberrante ya ni siquiera nos damos cuenta de los mensajes, pues la saturación sólo deja percibir masas cromáticas, algún fragmento de texto e imágenes en precario juego compositivo. Allí donde la creatividad ya no crea y la estética ha sido exiliada, sólo queda el tamaño, la imposición y el terrorismo visual. A todo esto nos preguntamos ¿cómo los anunciantes no se percatan de su mala inversión?
El volumen de los basureros, de los túmulos de caliche y de las vallas publicitarias hace del otrora plácido viaje al interior una experiencia intimidante, pues sólo a un par de metros del borde de las carreteras, gigantes de hojalata y desperdicio forman amenazantes murallas.
La violencia, señala Jürgen Habermas, no sólo se expresa por el uso de la fuerza, en su forma más sutil se ejerce por medios persuasivos para dominar las conciencias, con la intimidación latente en cada símbolo y la amenaza subliminal veladamente impuesta; la reacción ante ella suele ser terrible y avasalladora.
Si en verdad existe la voluntad de cambiar aquellas cosas que aquejan a los panameños, es el momento que el Ministerio de Obras Públicas, ante la incompetencia de los municipios, asuma la responsabilidad y el control de los bienes que jurisdiccionalmente le corresponden y haga el debido usufructo de sus utilidades.
Es imperativo promover una ley que otorgue a esta institución el control de los permisos publicitarios en servidumbres y pasos peatonales; que regule su tamaño, cantidad, altura y ubicación; que se establezca tarifas por pie o metro cuadrado y se proceda a liberar el paisaje que es lo único gratuito que tenemos los panameños como patrimonio de la naturaleza.
Que esos impuestos sean el capital para mantener carreteras, caminos, veredas y servidumbres libres de desperdicios; en fin, para que la D signifique realmente democracia y no ditirambo navideño.
http://impresa.prensa.com/opinion/ABC-Puente-Centenario_0_2729727086.html
miércoles, 2 de diciembre de 2009
El lugar donde se habita
Pedro Luis Prados S.
El pasado mes de noviembre, conmemorativo a la patria, ha sido igualmente dedicado a la exaltación de la ética y los valores para inculcar en los panameños principios morales. Esta doble conmemoración, que parece una simple casualidad, tiene vínculos más profundos en el origen de los conceptos y su significado en las primeras civilizaciones occidentales. Patria procede del latín patrius (patrio) que significa tierra de los padres y deriva en femenino por tener tierra como sujeto, de allí la expresión “madre patria” que encierra la noción de “patria potestad o patrimonio” como suma de bienes materiales y espirituales que identifican la comunidad familiar o social.
Ética deriva del vocablo griego êthos que en su acepción más primitiva significa “lugar donde se habita o morada” y hace referencia a la pertenencia a un territorio. Posteriormente, durante el siglo V a.C, toma dos acepciones de conformidad como se escriba. El término êthos (con e breve) significaba “costumbre o hábitos de hacer las cosas”; mientras que la palabra eêthos (con e prolongada) se refería a “carácter” o modo de ser, tal como lo concebimos actualmente, y tenía connotación política como miembro de la polis o ciudad. Posteriormente, durante la Edad Media, la palabra ética es utilizada por la filosofía para designar la disciplina que tiene como objeto de estudio las normas y la vida moral, y que aún prevalece en nuestros días.
Por otro lado, la palabra moral, de origen latino, procede del vocablo mos que declina en mores que significa costumbre y del cual Cicerón deriva el neologismo moralis, para definir las normas y costumbres que regulan la vida del ciudadano. La tendencia a utilizar ética y moral como sinónimos es producto de una de las acepciones dadas por los griegos y que aún es aplicada en el presente, pero que en estricto sentido académico tiene sustanciales diferencias.
La iniciativa de hacer coincidir el mes de la patria con el mes de la ética –pues en origen ambos conceptos están vinculados a la relación del hombre con el lugar que habita y comparte con sus semejantes– nos lleva a examinar cómo entre los panameños estas nociones se relacionan con la vida práctica. Si nos empeñamos durante toda nuestra vida republicana por recuperar la soberanía integral en todo el territorio; si luchamos para que nuestra bandera flameara en la Zona del Canal; y si inculcamos en la sucesivas generaciones el respeto y amor por las cosas que nos representaban, ¿por qué la experiencia revela que esos propósitos no son suficientes para hacer a los panameños querer aquello que nos identifica?
Es difícil comprender una situación que revela un acelerado proceso de disolución moral, en donde las formas elementales de convivencia se han perdido en beneficio de un estado de guerra de todos contra todos y de la voracidad del oportunismo y el juega vivo; en donde el espacio que habitamos sufre las más repugnantes formas de contaminación y el carácter (êthos) de los responsables de regentar la polis está en dudoso cuestionamiento. Ese lugar donde se habita y que recibimos en herencia patrimonial es, al igual que nuestro cuerpo, una morada del espíritu colectivo que demanda como el primero amor propio, autoestima y salubridad, el valor de lo que somos sólo se revela por la forma como vivimos.
La campaña de ética y los valores desplegada en el mes de noviembre debe ser una actividad permanente, una forma de vida ética y patriótica de ciudadanos y gobernantes, y una reeducación constante de hombres y mujeres de todas las edades lanzados a las calles de la aldea global sin siquiera haber recorrido los trillos de la aldea rural. Construir una sociedad que responda a nuevos modelos requiere de principios éticos que la orienten en esa difícil formación debe abarcar todas las definiciones que los antiguos daban al concepto: Respeto al lugar que se habita; carácter individual que consolide una personalidad colectiva digna y responsable, y conocimiento de las normas y costumbres que posibiliten la pacífica convivencia. Lo demás son sólo expresiones que el folclore proporciona a los mitos cotidianos.
http://impresa.prensa.com/opinion/lugar-habita_0_2716978399.html
El pasado mes de noviembre, conmemorativo a la patria, ha sido igualmente dedicado a la exaltación de la ética y los valores para inculcar en los panameños principios morales. Esta doble conmemoración, que parece una simple casualidad, tiene vínculos más profundos en el origen de los conceptos y su significado en las primeras civilizaciones occidentales. Patria procede del latín patrius (patrio) que significa tierra de los padres y deriva en femenino por tener tierra como sujeto, de allí la expresión “madre patria” que encierra la noción de “patria potestad o patrimonio” como suma de bienes materiales y espirituales que identifican la comunidad familiar o social.
Ética deriva del vocablo griego êthos que en su acepción más primitiva significa “lugar donde se habita o morada” y hace referencia a la pertenencia a un territorio. Posteriormente, durante el siglo V a.C, toma dos acepciones de conformidad como se escriba. El término êthos (con e breve) significaba “costumbre o hábitos de hacer las cosas”; mientras que la palabra eêthos (con e prolongada) se refería a “carácter” o modo de ser, tal como lo concebimos actualmente, y tenía connotación política como miembro de la polis o ciudad. Posteriormente, durante la Edad Media, la palabra ética es utilizada por la filosofía para designar la disciplina que tiene como objeto de estudio las normas y la vida moral, y que aún prevalece en nuestros días.
Por otro lado, la palabra moral, de origen latino, procede del vocablo mos que declina en mores que significa costumbre y del cual Cicerón deriva el neologismo moralis, para definir las normas y costumbres que regulan la vida del ciudadano. La tendencia a utilizar ética y moral como sinónimos es producto de una de las acepciones dadas por los griegos y que aún es aplicada en el presente, pero que en estricto sentido académico tiene sustanciales diferencias.
La iniciativa de hacer coincidir el mes de la patria con el mes de la ética –pues en origen ambos conceptos están vinculados a la relación del hombre con el lugar que habita y comparte con sus semejantes– nos lleva a examinar cómo entre los panameños estas nociones se relacionan con la vida práctica. Si nos empeñamos durante toda nuestra vida republicana por recuperar la soberanía integral en todo el territorio; si luchamos para que nuestra bandera flameara en la Zona del Canal; y si inculcamos en la sucesivas generaciones el respeto y amor por las cosas que nos representaban, ¿por qué la experiencia revela que esos propósitos no son suficientes para hacer a los panameños querer aquello que nos identifica?
Es difícil comprender una situación que revela un acelerado proceso de disolución moral, en donde las formas elementales de convivencia se han perdido en beneficio de un estado de guerra de todos contra todos y de la voracidad del oportunismo y el juega vivo; en donde el espacio que habitamos sufre las más repugnantes formas de contaminación y el carácter (êthos) de los responsables de regentar la polis está en dudoso cuestionamiento. Ese lugar donde se habita y que recibimos en herencia patrimonial es, al igual que nuestro cuerpo, una morada del espíritu colectivo que demanda como el primero amor propio, autoestima y salubridad, el valor de lo que somos sólo se revela por la forma como vivimos.
La campaña de ética y los valores desplegada en el mes de noviembre debe ser una actividad permanente, una forma de vida ética y patriótica de ciudadanos y gobernantes, y una reeducación constante de hombres y mujeres de todas las edades lanzados a las calles de la aldea global sin siquiera haber recorrido los trillos de la aldea rural. Construir una sociedad que responda a nuevos modelos requiere de principios éticos que la orienten en esa difícil formación debe abarcar todas las definiciones que los antiguos daban al concepto: Respeto al lugar que se habita; carácter individual que consolide una personalidad colectiva digna y responsable, y conocimiento de las normas y costumbres que posibiliten la pacífica convivencia. Lo demás son sólo expresiones que el folclore proporciona a los mitos cotidianos.
http://impresa.prensa.com/opinion/lugar-habita_0_2716978399.html
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