miércoles, 27 de enero de 2010

En la nave de los locos

Pedro Luis Prados S.

Hyeronimus Bosch, mejor conocido como El Bosco (1450-1516), pintó a principios del siglo XVI una de las obras más representativas del renacimiento en la que se pone de manifiesto la naturaleza humana. Sátira cruel, “La nave de los locos” es la simbología de la marginalidad de los enajenados mentales en una época en que los avances médicos eran nulos y la superstición y el fanatismo religioso dominaban el conocimiento.

Dicha nave nunca existió ni recorrió el Rin y sus afluentes sin detenerse, como lo demuestra Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica, pero lo cierto es que los orates eran víctimas de masivas expulsiones en las ciudades de la Edad Media y deambulaban en los campos formando hordas con leprosos, venéreos y supuestas brujas.

Mucho ha cambiado el tratamiento de la locura y el perfil que figuras como Kreapelin, Bleuler, Freud, Jung, Jaspers y Bateson, entre muchas otras, han dado al estudio y tratamiento de la esquizofrenia es alentador.

Los dementes ahora son objeto de cuidados especiales en que los encerramientos, ataduras y baños de agua fría son cosas pasadas e incluso social, religiosa y penalmente se les exime de responsabilidad por actos que afecten las normativas sociales o legales.

La experiencia clínica y ética en el tratamiento de los pacientes mentales ha logrado niveles insospechados de calidad y que, sin duda, deben ser perfeccionadas. La demencia implica un alto grado de pérdida de realidad y la inmersión en un mundo de fantasías que generan actos irreflexivos, en que los impulsos y la fragmentación de la conciencia son dominantes, de allí que la libertad y la responsabilidad no son categorías para evaluar su comportamiento. El cuidado, protección y sobre todo la exclusión de tareas con excesivas responsabilidades son medidas para proteger a los demás y a ellos mismos de la irracionalidad de sus actos.

Cuando en la pasada campaña electoral observamos que uno de los lemas del actual grupo dominante era “Los locos somos más”, me pareció original y pensé en entusiastas seguidores de Cervantes o de Erasmo de Rótterdam que esgrimían la locura como una forma metafórica de criticar el sistema. Imaginé Quijotes, Hamlets, Werthers, tratando de mantener a flote la nave del Estado, pero en verdad no creí en ningún momento que el libreto se llevara a escena.

Error de apreciación porque la historia del siglo XX está llena de estos casos de locura colectiva en que las masas al son de un jingle, una jaculatoria, una imagen o un mito étnico-racial se desbordan en frenéticas persecuciones contra sus semejantes. Pasé por alto que napoleones indianos, histriónicos fürhers y pequeños duces deambulan insomnes por estas latitudes.

Atónitos contemplamos seis meses de megalomanía, oligofrenia, delirios paranoides, caprichos hebefrenicos, racionalizaciones, mitomanías y alguna catatonia que no transmite ni recibe, extenderse en oficinas públicas sembrando el desconcierto y la inseguridad.

Para satisfacer delirios de grandeza vimos la infantil vehemencia por villas navideñas para el récord Guiness, gigantescas piscinas de arena y el sueño de una babilónica torre en tierras de relleno. Alguna obsesión de santidad, como las purificaciones de Savonarola, tuvo como escenario el asalto delirante a impíos lugares —aunque faltó una buena quema de libros—, seguida por la demolición con pico y retroexcavadoras de muelles y estructuras sin echarle un ojo a los contratos: una dosis de valium y algunas demandas calmaron los ánimos.

Vemos a diario funcionarios culpar a los adversarios, subordinados o contratistas de acciones irresponsables con racionalizaciones próximas al delirio y luego, con lógica aberrante, inculparse ellos mismos; otros en manifiesta colusión, que también es pérdida de realidad, esconden informes y documentos para protegerse ellos o sus socios. Acto seguido, con irrefrenable fobia, se ha procedido a expulsar supuestos fariseos de las instituciones públicas sin contar años de servicio, capacidad, carrera administrativa o cuadro social.

Como en este país de zambos, negros, indios y ñopos no se puede argumentar la pureza de raza se tomó como referente la pertenencia al partido de oposición para ser relevado o de vacaciones y después “ver qué se hace”. Esta obsesión se extendió con las investigaciones de funcionarios de la pasada –no de la antepasada- administración, provocando histeria en todo el sistema judicial y extenderla luego al legislativo con la “coronación digital” de dos magistrados, salpicados por el capricho de un avión nuevo, las contrataciones a voluntad y el mito de la inagotable arca del Estado

El nuevo año nos ha traído, para calmar delirios persecutorios, retenes y cámaras en las principales vías de la ciudad con el pretexto de frenar la violencia, mientras los delincuentes tiran balas en toda la periferia. Y para abreviar, entre planos y fantasmagóricas licitaciones se moderniza el transporte con metrobús, metromito y nuevas rutas en el “lego” de sus creadores; mientras chatarras, canarios, piratas y usuarios se despanzurran en las paradas y carreteras para poder ganar el pan de cada día.

Por el momento han tomado la iniciativa de usar por fuerza camisas del mismo modelo, de manera que todo será más fácil si la cosa se agrava. Mientras, y como siempre hay excepciones, pedimos al ala cuerda del gobierno que sirva de contrapeso y frene al ala demente del mismo, no sea que terminemos todos en la Nave de los Locos bogando a la deriva en las contaminadas aguas de la bahía.

http://impresa.prensa.com/opinion/nave-locos_0_2758974242.html

viernes, 25 de diciembre de 2009

El guayacán tiene quien le escriba

Ela Urriola

En nuestro país, donde los actos públicos están revestidos de teatralidad, aunque la mayoría son histriónicos, es extraño que este género artístico no prospere.

Las actuaciones políticas, sociales, familiares y aun las íntimas se presentan de forma pomposa y a todo color. De manera cotidiana los dramas de dolor y muerte de nuestros semejantes se convierten en festín para los medios, que se nutren del dolor ajeno y les permite impulsar irresponsables campañas que se calcan unas a las otras.

En el año 1981, el desprendimiento de vigas de un inmueble del Casco Viejo causó la muerte de un niño que jugaba en el patio de las ruinas. De inmediato los medios desataron una campaña sobre la inestabilidad de esas construcciones coloniales y la necesidad de demolerlas por seguridad.

El alcalde de entonces, Dr. Roberto Velásquez, y el mayor Pedro Ayala, oficial de la Guardia Nacional, se aprestaron al lugar con una inmensa grúa de demolición y una caravana de camiones dispuestos a arrasar lo que el tiempo no había podido.

A golpes de la inmensa bola se destruyó un edificio del siglo XVII contiguo a la Embajada de Francia, las ruinas del Hospital San Juan de Dios, edificación religiosa del mismo periodo, y se dirigían a tumbar el edificio de la Logia Masónica cuando funcionarios de Patrimonio Histórico y de la Comisión Nacional de Arqueología y Monumentos intervinieron ante el presidente Aristides Royo, quien frenó la acción. Todo fue filmado y transmitido, paso a paso, para solaz de las cámaras de televisión.

La caída de un árbol que segó la vida de un joven profesional, hecho lamentable que conmueve a todos los panameños, es motivo para reflexionar sobre nuestra seguridad en las calles, ya sea como consecuencia de los fenómenos naturales o por la crisis que vive la sociedad en general. Pero, sobre todo, para que las medidas que se tomen no sean una respuesta visceral para aplacar la presión o satisfacer el índice de sintonía de los medios de comunicación, sino opciones racionales, consecuencia de criterios científicos y claridad de objetivos.

Al igual que el incidente anterior, la solución ha sido destruir para que las escenas complazcan la voracidad de las cámaras y no estudiar las causas y hallar soluciones que protejan los pocos bienes arqueológicos o ecológicos que posee esta devastada ciudad.

Una trágica muerte causada por la caída de un árbol o el desprendimiento de un soporte colonial son hechos en extremo raros, tal vez por eso llaman más la atención morbosa que los cientos de asesinatos cometidos por los “diablos rojos”, pero a los usuarios no se les ha ocurrido ir a las piqueras a incendiar estas chatarras, como ocurrió en Perú hace una década. Hay más muertes causadas por violencia familiar, derrames, úlceras, cirrosis o cáncer a consecuencia del seco y ninguna autoridad de ayer o de hoy se ha pronunciado en contra de este veneno con patente de licor.

La incidencia del cigarrillo en el cáncer pulmonar no ha sido motivo para ordenar el cierre de las tabacaleras, y los cotidianos ajusticiamientos no han llevado ni a la promulgación de la pena capital ni a justificar los escuadrones de la muerte. Y sencillamente no lo hacemos porque frente a estos hechos anteponemos la razón de la ley para evitar los apasionamientos que provocan el estupor o el miedo.

Lamentablemente, los árboles, animales, monumentos históricos y ecosistemas no hablan y no pueden defenderse. Por eso es fácil arrasar una selva tropical para horadar una mina, demoler impunemente edificios simbólicos por el ego castrense, contaminar un río para evacuar desperdicios, cazar especies en extinción por el placer de matar o talar decenas de árboles para entretener la opinión.

Pan y circo, aquí todo es posible, porque voltear el rostro es más fácil que aprender. ¿Por qué los directivos de la Anam no aprenden de la Autoridad del Canal que tiene una dirección especializada para el control y mantenimiento de áreas verdes y que se ha mantenido como una prioridad? ¿O por qué el alcalde capitalino no abandona su ridícula actuación en episodios y se pone a trabajar para el puesto que fue, lamentablemente, elegido? ¿Dónde está la Subgerencia de Ornato y Medio Ambiente de la Alcaldía, que “tiene como responsabilidad dirigir el plan de desarrollo y mantenimiento de los espacios abiertos del distrito de Panamá”…?

El silencio y el mirar a otro lado son actitudes de largo aprendizaje que permiten a los estudios de impacto ambiental devastar al país en nombre del desarrollo global. Con dolor hemos visto derribar esos señoriales ciudadanos de plazas, calles, patios y avenidas; hemos contemplado la ordalía del hacha y la motosierra ensañarse sobre los troncos centenarios de esos amigos de siempre y por eso tengo que escribir, para que los panameños sepan que el guayacán, el panamá, los corutúes, los caobos, cedros y espavés tienen quien les escriba. Mientras tanto, miles de panameños se preguntan indignados: ¿hasta cuándo el circo?

http://impresa.prensa.com/opinion/guayacan-escriba_0_2734226625.html

sábado, 19 de diciembre de 2009

El ABC del Puente Centenario

Pedro Luis Prados S.

La inauguración del Puente Centenario fue motivo de orgullo para los panameños. Premiado entre las 10 mejores obras de ese tipo a nivel mundial en ese año, anunciaba nuestro ingreso al primer mundo y sus vías de acceso descubrían a propios y extraños la riqueza de nuestro paisaje en la cuenca canalera.

Pasado un lustro vemos que nuestro entusiasmo y orgullo eran transitorios, pues rápidamente se le impuso a la preciada ruta el ABC que refleja todo espacio habitado del país: anuncios, basura y caliche.

La carencia de programas estatales y municipales encaminados a la protección de sitios públicos, en especial de aquellos ecosistemas de los cuales depende el equilibrio urbano, convierte las iniciativas de unas gestiones en botín de las que le suceden.

Así, el propósito de la anterior administración municipal, de mantener libre de vallas publicitarias la citada vía, ha sido totalmente ignorado por la actual, al permitir la saturación con monstruosas atalayas publicitarias.

Vallas, caliche y basura –en el fondo son los mismos contaminantes– comparten los espacios ante la impotencia de miles de panameños que por allí transitan.

No hay vereda, servidumbre o explanada que no sea utilizada para arrojar el caliche sobrante del crecimiento urbano. Irresponsablemente los contratistas, constructores y empresas de demolición vierten sus desperdicios en carreteras y vías sin que autoridad alguna se tome la tarea de hacer cumplir la ley; mientras camiones de algunas empresas y recolectores aprovechan cualquier camino vecinal para arrojar su basura y evitar el pago en el vertedero de Cerro Patacón.

Así las cosas, la iniciativa para paliar las angustias de nuestro diario vivir se reducen a una quincena de fantasías navideñas que entre villas y villancicos nos hagan olvidar la miseria cotidiana.

Como extensión de la penuria, todas las carreteras que conectan las ciudades principales o el interior del país han sido invadidas por el ABC –ya no incluimos la letra Ch porque la chatarra tiene mercado –, a tal punto que viajar es recorrer un túnel de vallas descomunales que interactúan coquetas con cúmulos de basura y caliche en natural paridad de condiciones.

Embrutecidos por lo cotidiano no nos percatamos de la curiosidad mórbida conque cientos de turistas recogen en sus cámaras nuestro laberinto de iniquidad. Extasiados con la aldea global ignoramos los resabios de la aldea tribal.En otros países, España es caso meritorio, las vallas publicitarias han sido reducidas a cero.

El agreste paisaje ibérico, que en mucho tiene que envidiar la exuberancia del nuestro, deja correr la mirada en espacios ilimitados; con muy poco que mostrar quiere mostrarlo todo, en contraste con la perversión de la lógica a que estamos acostumbrados. Enajenados por la panorámica de lo aberrante ya ni siquiera nos damos cuenta de los mensajes, pues la saturación sólo deja percibir masas cromáticas, algún fragmento de texto e imágenes en precario juego compositivo. Allí donde la creatividad ya no crea y la estética ha sido exiliada, sólo queda el tamaño, la imposición y el terrorismo visual. A todo esto nos preguntamos ¿cómo los anunciantes no se percatan de su mala inversión?

El volumen de los basureros, de los túmulos de caliche y de las vallas publicitarias hace del otrora plácido viaje al interior una experiencia intimidante, pues sólo a un par de metros del borde de las carreteras, gigantes de hojalata y desperdicio forman amenazantes murallas.

La violencia, señala Jürgen Habermas, no sólo se expresa por el uso de la fuerza, en su forma más sutil se ejerce por medios persuasivos para dominar las conciencias, con la intimidación latente en cada símbolo y la amenaza subliminal veladamente impuesta; la reacción ante ella suele ser terrible y avasalladora.

Si en verdad existe la voluntad de cambiar aquellas cosas que aquejan a los panameños, es el momento que el Ministerio de Obras Públicas, ante la incompetencia de los municipios, asuma la responsabilidad y el control de los bienes que jurisdiccionalmente le corresponden y haga el debido usufructo de sus utilidades.

Es imperativo promover una ley que otorgue a esta institución el control de los permisos publicitarios en servidumbres y pasos peatonales; que regule su tamaño, cantidad, altura y ubicación; que se establezca tarifas por pie o metro cuadrado y se proceda a liberar el paisaje que es lo único gratuito que tenemos los panameños como patrimonio de la naturaleza.

Que esos impuestos sean el capital para mantener carreteras, caminos, veredas y servidumbres libres de desperdicios; en fin, para que la D signifique realmente democracia y no ditirambo navideño.

http://impresa.prensa.com/opinion/ABC-Puente-Centenario_0_2729727086.html

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El lugar donde se habita

Pedro Luis Prados S.

El pasado mes de noviembre, conmemorativo a la patria, ha sido igualmente dedicado a la exaltación de la ética y los valores para inculcar en los panameños principios morales. Esta doble conmemoración, que parece una simple casualidad, tiene vínculos más profundos en el origen de los conceptos y su significado en las primeras civilizaciones occidentales. Patria procede del latín patrius (patrio) que significa tierra de los padres y deriva en femenino por tener tierra como sujeto, de allí la expresión “madre patria” que encierra la noción de “patria potestad o patrimonio” como suma de bienes materiales y espirituales que identifican la comunidad familiar o social.

Ética deriva del vocablo griego êthos que en su acepción más primitiva significa “lugar donde se habita o morada” y hace referencia a la pertenencia a un territorio. Posteriormente, durante el siglo V a.C, toma dos acepciones de conformidad como se escriba. El término êthos (con e breve) significaba “costumbre o hábitos de hacer las cosas”; mientras que la palabra eêthos (con e prolongada) se refería a “carácter” o modo de ser, tal como lo concebimos actualmente, y tenía connotación política como miembro de la polis o ciudad. Posteriormente, durante la Edad Media, la palabra ética es utilizada por la filosofía para designar la disciplina que tiene como objeto de estudio las normas y la vida moral, y que aún prevalece en nuestros días.

Por otro lado, la palabra moral, de origen latino, procede del vocablo mos que declina en mores que significa costumbre y del cual Cicerón deriva el neologismo moralis, para definir las normas y costumbres que regulan la vida del ciudadano. La tendencia a utilizar ética y moral como sinónimos es producto de una de las acepciones dadas por los griegos y que aún es aplicada en el presente, pero que en estricto sentido académico tiene sustanciales diferencias.

La iniciativa de hacer coincidir el mes de la patria con el mes de la ética –pues en origen ambos conceptos están vinculados a la relación del hombre con el lugar que habita y comparte con sus semejantes– nos lleva a examinar cómo entre los panameños estas nociones se relacionan con la vida práctica. Si nos empeñamos durante toda nuestra vida republicana por recuperar la soberanía integral en todo el territorio; si luchamos para que nuestra bandera flameara en la Zona del Canal; y si inculcamos en la sucesivas generaciones el respeto y amor por las cosas que nos representaban, ¿por qué la experiencia revela que esos propósitos no son suficientes para hacer a los panameños querer aquello que nos identifica?

Es difícil comprender una situación que revela un acelerado proceso de disolución moral, en donde las formas elementales de convivencia se han perdido en beneficio de un estado de guerra de todos contra todos y de la voracidad del oportunismo y el juega vivo; en donde el espacio que habitamos sufre las más repugnantes formas de contaminación y el carácter (êthos) de los responsables de regentar la polis está en dudoso cuestionamiento. Ese lugar donde se habita y que recibimos en herencia patrimonial es, al igual que nuestro cuerpo, una morada del espíritu colectivo que demanda como el primero amor propio, autoestima y salubridad, el valor de lo que somos sólo se revela por la forma como vivimos.

La campaña de ética y los valores desplegada en el mes de noviembre debe ser una actividad permanente, una forma de vida ética y patriótica de ciudadanos y gobernantes, y una reeducación constante de hombres y mujeres de todas las edades lanzados a las calles de la aldea global sin siquiera haber recorrido los trillos de la aldea rural. Construir una sociedad que responda a nuevos modelos requiere de principios éticos que la orienten en esa difícil formación debe abarcar todas las definiciones que los antiguos daban al concepto: Respeto al lugar que se habita; carácter individual que consolide una personalidad colectiva digna y responsable, y conocimiento de las normas y costumbres que posibiliten la pacífica convivencia. Lo demás son sólo expresiones que el folclore proporciona a los mitos cotidianos.

http://impresa.prensa.com/opinion/lugar-habita_0_2716978399.html

lunes, 9 de noviembre de 2009

Educación y razón objetiva

Francisco Díaz Montilla

La palabra “educación” proviene del vocablo latino “educare” que significa guiar hacia fuera. La idea es que mediante ella, el individuo sea encauzado hacia el pleno desarrollo de sus potencialidades, que saque o muestre lo mejor de sí: valores, virtudes, actitudes, conocimientos.

La educación, vista desde el punto de vista etimológico, tendría poco que ver con atiborrar de información la cabeza del estudiante.

El filósofo Fernando Savater ha escrito que la finalidad primaria de la educación es la de potenciar la razón; en esas mismas líneas, Edgar Morin ha señalado que la finalidad fundamental de la educación es garantizar individuos con la cabeza bien puesta. Hasta ahora, no hemos logrado ni lo uno ni lo otro.

Pero la potenciación de la razón de la que habla Savater merece ser comentada. Contrario a lo que se podría pensar, la palabra “razón” no es unívoca. El filósofo alemán Max Horkheimer, por ejemplo, hizo una distinción entre “razón subjetiva” y “razón objetiva”.

La razón subjetiva es la razón que va de los medios a los fines. En ella se trata de utilizar los medios adecuados para garantizar ciertos fines propuestos no sometidos a discusión racional. Lo importante desde este punto de vista es la solución de problemas técnicos. Este tipo de razón es llamado, también, razón instrumental; desde ella, el sentido básico de la educación es atender problemas concretos: de la empresa, del mercado de trabajo, de la sociedad del conocimiento, etc. Por ello, es suficiente el uso instrumental del lenguaje (materno o extranjero) o del cálculo aritmético.

El pensamiento lógico es importante no en su dimensión crítica, sino por los resultados o utilidades que se podrían obtener de su aplicación.

La razón objetiva, en cambio, está dirigida a la consecución de fines sometidos a enjuiciamientos práctico-morales. De esta manera, la acción se encamina a la consecución de los grandes ideales humanos de justicia y libertad. No interesa la ciencia ni la técnica desde el punto de vista productivo o económico a secas. Es necesaria la reflexión sobre la ciencia misma, y sobre la técnica, y sobre la producción y la economía. Relacionando lo que postulan Savater, Morin y Horkheimer, diría que los ideales educativos referentes a la potencialidad de la razón y a la cabeza bien puesta solo tienen sentido desde la perspectiva de la razón objetiva.

Este es un punto fundamental a considerar, a propósito de la propuesta de transformación curricular de Meduca. ¿Con qué tipo de razón está comprometida la propuesta en cuestión? Una lectura del documento que circula entre los docentes no deja lugar a dudas: la transformación curricular está orientada por los ideales de la razón subjetiva o instrumental. Al final, lograremos una acentuación de problemas que ya tenemos: individuos cuyo interés primario no es ser, sino tener; profesionales exitosos, tal vez, no necesariamente mejores ciudadanos; trabajadores inconscientes de su explotación, etc. Y aunque todo esto es tremendamente significativo desde el punto de vista de la lógica del sistema económico-político imperante, pero nada tiene que ver con los grandes ideales que ha afirmado históricamente la humanidad. Por ello, la propuesta educativa de Meduca no es educativa en sentido alguno.

http://impresa.prensa.com/opinion/Educacion-razon-objetiva_0_2699730125.html

miércoles, 12 de agosto de 2009

El malestar de la cultura

Pedro Luis Prados S.

Los gobiernos en los últimos años y sin distingos de procedencia, han hecho esfuerzos para minimizar el papel del Instituto Nacional de Cultura. De manera solapada en algunos, abiertamente otros, han recortado presupuestos y atribuciones con la excusa de lograr niveles de competencia o de canalizar mejor los recursos. Es comprensible que cada cual se inclinara a una actividad específica y no necesariamente hacia la cultura, pero debemos preguntarnos por qué todos han propiciado el desmembramiento de esta institución para llevarla a la postración. Debemos reconocer a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, el valor de expresar públicamente su aversión al declarar: “Cuando escucho la palabra cultura saco mi pistola”. Pero dar la cara es un problema de cultura y principios a los cuales los panameños no estamos acostumbrados, de manera que el anonimato orla los autores y el proyecto que pretende anexar el Instituto de Nacional de Cultura al Instituto Panameño de Turismo.

Tal iniciativa revela el desconocimiento de la complejidad del tema y pone sobre el tapete una agenda oculta que han manejado los gobiernos de turno para despersonalizar la sociedad panameña y adecuarla al proyecto neoliberal. Reducir la cultura a expresiones de las Bellas Artes, manifestaciones folklóricas o precarios monumentos históricos para sustentar esta fusión, manifiesta la ignorancia del hecho cultural como núcleo de la cohesión social. Parece que la cultura causa malestar y no por las explicaciones de Freud.

El concepto “cultura” comprende las expresiones creativas, materiales y espirituales, pasadas y presentes, de una sociedad como parte esencial de su articulación y dinámica de comportamiento. Desde los monumentos históricos, bienes arqueológicos, diversidad étnica, la creación literaria y de Bellas Artes, hasta las tradiciones, costumbres, formas de vida, creencias religiosas, artesanía, habla, vestimenta, hábitos culinarios —el ceviche peruano ha sido declarado Patrimonio Histórico del Perú y la comida mexicana incluida como parte del Patrimonio Mundial— y sobre todo los valores que regulan la convivencia, son unos de la innumerables elementos que identifican una sociedad y contribuyen a su permanencia.

La defensa, preservación y sobre todo la difusión de la cultura es un compromiso primario en toda nación madura, porque se concibe la identidad cultural como basamento de la identidad nacional. Cultura y Nación son inseparables como partes del Estado Nacional, la rigurosidad de las normas que la protegen y el fortalecimiento de los organismos responsables de su difusión es política de Estado. Entre nosotros la inversión de categorías es escandalosa, pues no sólo se estrangula la institución limitando recursos y la injerencia en su especialidad, sino querer subordinarla a los intereses económicos del turismo como componente de las noches de casino y torneos de pesca. La despersonalización del panameño con una educación enajenante y las aberraciones de los medios de comunicación, culmina con la destrucción de los referentes históricos-culturales que evocan situaciones y valores diferentes a las “competencias” necesarias para un buen productor de bienes y servicios y el consumidor ideal requerido por el mercado.

Los discípulos del ideólogo nazi no sólo han usado sus 11 reglas de la propaganda, sino que han dado facilidades para borrar edificios icónicos del Casco Viejo, caricaturizar la museografía del Museo Antropológico, arruinar los museos regionales, pauperizar las escuelas y centros de arte y sumir en el abandono los sitios arqueológicos y conjuntos monumentales, sin contar con la impunidad por el robo y trasiego de bienes arqueológicos. Todo está consumado. Disolver al Instituto de Cultura en franquicias hoteleras y noches de discotecas no es difícil. Ya veremos al Ballet Nacional distraer las cenas de convencionales europeos o a la Orquesta Sinfónica acompañar turistas japoneses en la chiva parrandera. Todo es posible en esta tierra de “la pollera, el tamborito y el Canal de Panamá”. Sólo me queda una “propuesta a los proponentes”: fusionar el Instituto de Cultura con la Dirección de Aseo o la Autoridad del Ambiente, posiblemente logremos ciudadanos amantes de la limpieza o ecologistas convencidos, eso también es cultura.

impresa.prensa.com/opinion/malestar-cultura_0_2632986825.html

miércoles, 22 de julio de 2009

Anarquía y demagogia

Roberto Arosemena Jaén

Desde el 3 de mayo, cuando Martinelli fue elegido por el 60% de los esperanzados votantes, empecé a preocuparme. El Presidente electo tenía que aprender a ser el primer administrador del Estado y el más insigne servidor de la nación. Igualmente, la ciudadanía tenía que moderar sus esperanzas porque analizando las experiencias del presidente se reducía a ser un exitoso empresario y un impresionante caudillo electoral. Concluir que tal trayectoria garantizaba el bien común no era lícito y podía desencantar a una población de por sí ya incrédula.

Los primeros 21 días del impetuoso gobierno del cambio han impresionado favorablemente. El gabinete está trabajando y después, perdón, de los incapaces gobernantes de la última década, cualquier esfuerzo positivo es loable. Rápidamente, el cambio descubrió que necesitaba plata para los 100/70; se consiguió el dinero, se aprobó la ley y ya empezó a repartirse. El fisco no da para mucho. El Ministro de Finanzas tiró la línea de buscarla a cómo dé lugar por medios legales. Con apoyo del PRD se reformó la ley de endeudamiento público que pasa de 1% a 3% del PIB. La vergonzante equiparación antimercado tuvo que ser eliminada con el argumento del que firma un compromiso con el gobierno lo cumple, el que debe plata al gobierno la paga, sino que se atenga a las consecuencias.

Lo significativo de esta situación ha sido la armonía entre el ministro y su jefe. Lo imprevisible de las gestiones financieras que el ministro estaba planificando y tomando paso a paso, fue la irrupción de la Policía con su jefe máximo, actuando como juez ejecutor, en predios estatales secuestrados por las ilegalidades de los especuladores y los abusivos recursos judiciales que casi nadie se atrevía a dejar sin efecto y anular. El mantel se levantó de la mesa y la vajilla del ministro saltó en pedazos.

La anarquía en la administración pública ya no es la incapacidad del Presidente, sino la sobre capacidad del Presidente que arrastra a ministros y directores tras sus efectivas ocurrencias empresariales. Lo interesante del estilo Martinelli en contraste con la falta gerencial de Martín es el nivel de aceptación que ambos despertaron y despiertan en las encuestas de opinión. Como si la sociedad fuese un eco del poder mediático sin capacidad de discernir la diferencias.

La autoridad juró cumplir con la Constitución. Actuar al margen de la misma, más que autoridad es arbitrariedad y anarquía del poderoso. La anarquía en Martín fue no coordinar la administración pública; en el cambio podría ser paralizar a los ministros hasta que al Presidente se le ocurra hacer algo. Martinelli debe recordar que está sujeto a la camisa de fuerza de la Constitución. Mientras tanto, sus actuaciones son más un hecho político que jurídico. Su legitimidad aumenta aunque la legalidad de sus actos esté en entredicho. El circo que tanto entusiasmaba al “demos” griego y a la plebe romana exalta a las masas panameñas. Si a esto se añade el aumento escandaloso a la alta oficialidad de la fuerza pública, el escenario de un demagogo autoritario se está construyendo ante nuestros propios ojos.

http://impresa.prensa.com/opinion/Anarquia-demagogia_0_2617238367.html